jueves, agosto 12, 2010

La jactancia de las mayorías, por Alberto Medina Méndez.

La jactancia de las mayorías,

por Alberto Medina Méndez.

Hace tiempo que las democracias del mundo vienen transmitiendo una lógica peligrosa. Tal vez el problema no es la democracia en si misma, sino la forma de interpretarla en la que muchos insisten y que parece haberse desarrollado, a tal punto, de universalizarse.


Es que muchos siguen entendiendo que el que reúne más voluntades tiene razón. Y creen que cada elección, cada convocatoria electoral, supone una pulseada en la que quien obtiene mas votos no solo impone su criterio, sino que además se hace merecedor de cierta superioridad intelectual avalada por esos números.


Esta deformación del concepto democrático les ha hecho pensar a demasiados, que algunas cuestiones elementales están en juego en cada compulsa, y esto no debiera estar en discusión. Básicamente porque la democracia solo pretende constituirse en un engranaje, ni siquiera el óptimo siempre, que posibilita la resolución de conflictos a través de un mecanismo relativamente amigable.


No se puede perder de vista que cada votación, cada desafío electoral, es solo un recurso y no el fin en si mismo. Se trata solo de esa mecánica que posibilita que la decisión sea menos violenta sin dejar de serlo, porque en ese contexto siempre estarán los que acuerden y quienes no lo hagan. Por lo tanto un sector, por pequeño que sea, se verá obligado, sin mediar su voluntad, a obedecer las instrucciones impuestas por el resto.


En ese esquema, es siempre importante entender que esa votación, esa elección, es una fotografía instantánea, que solo refleja un momento, ese momento, una decisión circunstancial y una mirada coyuntural que solo se corresponde con ese preciso instante.


Es por eso, que ciertos derechos inalienables, no están sujetos a esa voluntad difusa que proponen ciertas reglas democráticas. La convivencia humana es un arte. Las normas que la rigen mucho más aun, al estar plagadas de subjetividad. Pero resulta imprescindible que ciertos valores no estén en revisión permanente, porque se pone en riesgo a la sociedad toda, haciéndola presa de los impulsos, de la espasmódica reacción que proponen las decisiones sin mesura, sin serenidad, empujadas por la pasión.


Ninguna decisión plagada de odio y rencor, o de amor instintivo, goza de la racionalidad que precisan las determinaciones importantes. Hay que recordarlo y repetirlo, la democracia es solo un medio y no un fin en si mismo. Sus formas suponen un acuerdo, más o menos, amistoso entre las partes, pero no por ello voluntario.


Solo se trata de acordar del mejor modo posible cuando ya no funcionó ningún otro método de dialogo y negociación. A veces, quienes hacen un culto de esta herramienta, caen en la trampa de su exacerbación, sublimación y endiosamiento. Idealizan en exceso el instrumento solo para simular lo políticamente correcto. Solo defienden esta institución democrática, en tanto y en cuanto, les sirve para imponer su voluntad por vías legales, de difícil cuestionamiento popular, bajo el paraguas de una supuesta legitimidad.


Pero habrá que entender que cada sociedad que se somete a una elección, que cada votación de los cuerpos deliberativos que tienen la responsabilidad de legislar, solo recurren a estos instrumentos como el, hasta hoy, mejor recurso disponible y no porque el hacerlo los convierta mágicamente en decisiones acertadas.


Muchas atrocidades ha sufrido el mundo de la mano de las mayorías circunstanciales. Genocidios, interrupciones institucionales, pérdida de libertades y casi todas las atrocidades imaginables, han provenido de mayorías, más o menos, explicitadas. Se han apropiado discrecionalmente, de la vida, la libertad y la propiedad de muchos, sin medias tintas, aduciendo siempre razones superiores que lo justificaban con creces.


Habrá que cuidarse de aquellos que hacen de la democracia un ABSOLUTO. Son solo déspotas oportunistas que no creen en las bondades de la humanidad, y mucho menos en la libertad de los individuos. Utilizan la democracia como el dispositivo que les permite sojuzgar a muchos, humillarlos hasta volverlos indignos y aplastarlos como enemigos.


Muchos de los acólitos y de los entornos fanatizados de esos líderes, proponen democratizar más a la sociedad, no porque crean en ella, sino porque la herramienta les viene como anillo al dedo, para seguir avanzando con prepotencia, bajo el cálido refugio de los números favorables, de las voluntades acumuladas.


En los próximos comicios electorales, no nos sigamos engañando. Solo definiremos quienes conducirán la administración del Estado, pero para nada vamos a dirimir quien tiene razón o no, quien acierta en sus decisiones o yerra el camino. Solo es un mecanismo, el mejor que ha encontrado hasta ahora la humanidad, para resolver sus conflictos, en un mundo que privilegia la armonía. No se trata de la panacea absoluta. Muchas veces se ha utilizado el sistema para subyugar a los que piensan diferente.


Habrá que seguir reflexionando sobre esta democracia, que bien entendida, debe velar, justamente por las minorías. Ayn Rand decía que la menor minoría es el individuo y que aquellos que niegan los derechos individuales no pueden llamarse defensores de las minorías. Los derechos individuales no están sujetos al voto público. Una mayoría no tiene derecho a votar la derogación de derechos de una minoría. La función política de los derechos es precisamente la de proteger a la minoría de la opresión de la mayoría.


Las libertades, el derecho a la vida y a la propiedad, parecen ser el blanco elegido de las democracias modernas para imponer las voluntades de algunos por sobre la de otros. En ese caso estamos en manos de los caprichos despóticos de una sociedad que supone equivocadamente que los más pueden obligar a los menos.


La garantía para evitar que esa lógica cuántica, no nos conduzca hacia las tiranías, prolongando liderazgos hasta el infinito, linchamientos ante hechos abominables que hagan del ojo por ojo la regla de la convivencia, o del despojo sistemático de los bienes una mecánica de rutina amparada en las necesidades ajenas, es justamente una democracia bien entendida, bien comprendida, con límites y contrapesos.


El antojo de las mayorías es solo un juego, muy peligroso, por el que se han cometido las más despreciables aberraciones de la historia humana. Ampararse en las mayorías y caer en la petulancia de explicitar reiterados gestos de soberbia, nos llevará por un camino que ya conocemos y del que no hemos obtenido las mejores experiencias.


Las sociedades, sobre todo las ocasionales mayorías, deben tener en claro el limite de su poder. Una inmensa cantidad de voluntades no otorga la razón. La jactancia de esas mayorías que pretenden arrogarse el monopolio de la verdad, constituye la amenaza más potente de las democracias contemporáneas.



martes, agosto 10, 2010

Ecuador y Chile: Lazos fortalecidos y una misma línea, por Hernán Felipe Errázuriz.





Ecuador y Chile: Lazos fortalecidos y una misma línea,

por Hernán Felipe Errázuriz.

Con acuerdos positivos para Ecuador, Chile y sus pueblos culminó la visita del Presidente Sebastián Piñera a Quito. Los Presidentes Rafael Correa y Sebastián Piñera manifestaron la plena coincidencia respecto de la vigencia, alcances y contenidos de la Declaración de Santiago de 1952 y del Convenio sobre Zona Especial Fronteriza Marítima de 1954 y expresaron su satisfacción por los logros derivados de los mismos. Confirmaron, además, su visión común frente a temas vinculados con el Derecho del Mar y su amplia cooperación en la materia.



La declaración de los mandatarios reitera la posición histórica de ambos países sobre sus límites marítimos debidamente fijados por dichos tratados, suscritos también por Perú, que ha pretendido desconocer sus alcances en su demanda presentada ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya. La declaración presidencial coincide con la publicación en Ecuador del Acuerdo Ministerial 081 y su Anexo, la Carta Náutica IOA 42, que grafica el límite marítimo Ecuador-Perú y el límite exterior -sector sur- de la República de Ecuador, aprobados por su cancillería y por su Ministerio de Defensa y el Presidente Correa.



El Acuerdo Ministerial 081 y la Carta Náutica anexa tienen por sí mismos valor ante la Corte Internacional de Justicia: permiten avalar la interpretación acorde, ecuatoriana-chilena, de los tratados del Pacífico Sur, que Perú infundada y artificiosamente pretende impugnar.



La cartografía ecuatoriana reafirma que el límite marítimo se aplica conforme al paralelo y en toda la extensión de su zona marítima, no sólo en aquellas secciones que se proyectarían de sus islas. Muestra también el efecto de las líneas de base recta que intersectan el paralelo del límite con Perú, conforme a los tratados de 1952 y 1954. Esta delimitación entrega estabilidad a la frontera, seguridad y solvencia jurídica a la soberanía de Ecuador y no abre espacios de negociación, como lo ha pretendido Perú, que de paso intentaba amagar por esta vía las relaciones entre Chile y Ecuador, y apoyar su reclamación ante La Haya.



La declaración conjunta reafirma legítimamente la soberanía marítima de Chile y Ecuador, respaldada por tratados de más de cinco décadas, vigentes, claros y reconocidos internacionalmente, que establecen el límite marítimo entre los tres países suscriptores, Chile, Ecuador y Perú.



El acuerdo entre los mandatarios es el resultado de una persistente, prolongada y amplia cooperación entre Chile y Ecuador y del trabajo perseverante de sus ministros de relaciones exteriores, de sus embajadores y cancillerías, expresado en una variedad de acuerdos de asociación, complementación y en convenios comerciales, mineros, energéticos, de cooperación cultural y en los más diversos campos sociales, de la seguridad ciudadana, narcotráfico, migratorios y de la defensa.



Los entendimientos alcanzados por los presidente Piñera y Correa y por sus cancilleres anticipan una nueva etapa de fortalecimiento de las relaciones bilaterales a través de los diversos mecanismos institucionales existentes, muy especialmente en el marco del Acuerdo de Asociación suscrito entre ambos países en marzo de 2008 y de los convenios que deben surgir de este encuentro. Para ello ciertamente habrá que trabajar, adoptar compromisos, reforzar las misiones diplomáticas y disponer de los medios necesarios para que puedan cumplirlos.



A la vez, con la visita del Presidente Piñera a Quito se consolidan las relaciones entre Chile y Ecuador como una prioridad y política de Estado, que trasciende a los cambios de gobierno, que supera los intentos foráneos por enfriarlas y que restan toda fuerza a los debates internos que sugirieron presentar riesgos de su desvalorización.

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Los pueblos que no se defienden seguramente pierden sus libertades. http://reaccionchilena.blogspot.com/
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