jueves, diciembre 02, 2010

El centralismo patológico, Alberto Medina Méndez.


El centralismo patológico,

Alberto Medina Méndez.




A estas alturas no caben dudas que el centralismo es alimentado por los sectores que hacen de la concentración del poder y de sus recursos asociados un culto. No es producto de la convicción ideológica ni de una visión enmarcada en la mayor eficiencia de la gestión. En todo caso, responden a intereses lineales y a conveniencias personales y hasta ocasionales que simplifican de ese modo el acceso a las decisiones y su “caja”.



No se puede esperar de quienes manejan discrecionalmente recursos y poder un cambio, un gesto de grandeza, un renunciamiento. Ese tipo de actitudes pertenecen a seres en proceso de extinción y no abundan en estos tiempos.



Cuando hablamos de centralismos no nos referimos solo al que ejercen las capitales nacionales sobre el resto del territorio del país, sino también a sus emuladores locales, esos que administran sus estados provinciales, sus departamentos, sus distritos y ciudades con idéntico criterio, casi como si se tratara de una matriz replicable.



Pero esos centralismos, esa devoción por la concentración, esa imperiosa necesidad de establecer una aglomeración de poder, resultan esperables de quienes lo detentan, mas no resultan razonables de sus aparentes víctimas naturales, y es allí donde probablemente deba ponerse el foco.



Que los centralistas sean unitarios, no puede sorprender, lo paradójico, lo enfermizo es que los que deberían levantar las banderas del federalismo, de la descentralización, de la autonomía e independencia de criterio, sean funcionales y abonen similares esquemas.



Y ya no se trata solo del reiterado paisaje que nos ofrece el mendicante estilo de los pretendidos líderes locales que en campaña se llenan la boca hablando de autonomía y federalismo, para luego claudicar a repetición y culminar escudándose en un sistema que alimentan con acciones cotidianas y que no están dispuestos a interrumpir porque evitar pagar los costos de esa decisión.



La libertad tiene un precio, no es gratis y los dirigentes políticos de este tiempo no tienen el coraje necesario para pagar esos costos, prefieren una esclavitud cómplice, la indignidad rastrera a la que ya se habituaron, la miserable actitud de asumir el rol de victimas eternas, a la audaz y correcta acción de los hombres de bien. Es una elección, como tantas otras, opinable. Pero la culpa no es del chancho, sino del que le da de comer. Una sociedad que se maneja con idénticos parámetros, que critica esas actitudes pero que se comporta de modo equivalente, sostiene ese eterno andamiaje argumental que subyace en los dirigentes.



El ciudadano medio se comporta con idéntica cobardía. Les pide a los demás la valentía que no asume en su vida cotidiana. Espera de sus líderes lo que no es capaz de hacer en las más pequeñas cosas de todos los días. El resultado está a la vista. Un centralismo recurrente, que elige el reclamo hacia arriba, el recorrido de pasillos ajenos detrás de gestiones acomodaticias, que siempre dejan la puerta abierta a la posibilidad de ser la victima de la historia.



Lo otro sería asumir con valentía y determinación las decisiones propias, ser independiente, tener autonomía, pero ese juego tiene precios. Uno de ellos es asumir que la responsabilidad de todo es propia y que no existen culpables por fuera de nosotros mismos. Que lo que nos pasa en el pueblo, en la ciudad, en el estado provincial, es nuestra responsabilidad y que ciertas cosas podremos hacer y otras no, que algunas podremos afrontar ahora y que otras deberán esperar meses, años, décadas o incluso no podremos concretarlas nunca.



Asumir esa frontera es una bofetada dura para muchos, que no están dispuestos a asumir sus limitaciones. El centralismo imperante les deja siempre la “esperanza abierta”, la posibilidad de que el mandamás de turno, el que esta en la esfera superior, algún día se sensibilice, asuma la necesidad local y tire un manto de piedad con su dadiva generosa para ungir a nuestra comunidad. En definitiva, le pedimos al unitario de turno que ejerza con nosotros la discrecionalidad que le criticamos cuando el agraciado es el vecino.



Lo otro sería intentar nuestro propio camino, dejar de lado la clásica ambigüedad discursiva para pasar a tomar un protagonismo que implica asumir restricciones, tomar responsabilidades y poner el pecho. Son centralistas los que detentan el poder y hacen de la discrecionalidad una forma de vida para favorecer a unos u otros según simpatías, alianzas, acuerdos o meros caprichos, pero tan abominable como esa actitud es la equivalente del lado de los aparentemente perjudicados por ese sistema.



La libertad, en este caso el federalismo, la autonomía, es una decisión propia. Ponerla en el terreno de lo imposible también es una posibilidad que se debe asumir. Es un camino elegido por acción o por omisión. Pero es una alternativa que la inmensa mayoría descarta. Para muchos el precio de la libertad es enorme, impagable, y es cierto, se trata de una ecuación que puede resultar cara, sobre todo cuando no se tiene dignidad.



Pero no es cierto que sea una decisión barata, casi sin costo. La humillación, la claudicación, para los que tienen honra, alguna cuota de integridad, algo de pudor y decencia, es un precio demasiado alto y superior al anterior.



Ser federal, lograr autonomía, decidir a contramano del poder circunstancial, ser libre sin más, es una posibilidad. No importa si hablamos de lo individual o de lo colectivo, ocurre en nuestras vidas personales y como sociedad en un pueblo pequeño, una importante localidad o un estado provincial respecto de su capital nacional.



Tal vez debamos revisar como razonamos. No sea que lo que le criticamos a la política no sea mas que la consecuencia de cómo obramos los ciudadanos a diario y no su causa. Es probable que terminemos descubriendo que el centralismo no es ese pulpo perverso que se aloja en las proximidades del poder, sino que vive en casa y que nuestras mentes funcionan de igual modo, reclamando afuera, mas arriba, lo que no nos animamos a lograr por nuestros propios medios, con recursos obtenidos con esfuerzo personal.



Consideremos que si no estamos dispuestos a hacer el sacrificio por algo con nuestras propias manos y compromiso personal, es probable que no valga la pena intentarlo o que no estemos tan convencidos de su necesidad. Lo otro, delegar hacia arriba, despotricar hasta el cansancio, recriminar a los demás por lo que no estamos preparados siquiera a intentar de forma individual o como comunidad local, tal vez sea un error.



La concentración en las decisiones es un mal de este tiempo, pero a no equivocarse, no se trata de un capricho ajeno, en todo caso estamos frente a una enfermedad que nos acompaña, que nos describe de modo fehaciente y que tal vez merezca un mejor diagnostico que permita superar este centralismo patológico.








Para comunicarse con el Señor Alberto Medina Méndez :
amedinamendez@gmail.com
Skype:
amedinamendez
www.albertomedinamendez.com


PUBLICADO EN EL DIARIO EPOCA DE CORRIENTES, ARGENTINA, EL MIERCOLES 1 DE DICIEMBRE DE 2010.

viernes, noviembre 19, 2010

¿Oiga, esta micro va a?... suba nomá jefe. por Matías Carrozzi.


¿Oiga, esta micro va a?... suba nomá jefe.

por Matías Carrozzi.


No tengo la menor idea si es bueno, regular o diabólico el que a pocos les interese si nuestras autoridades y dirigentes diseñen sus mensajes tomando en cuenta sus convicciones, por lo que tú y yo digamos a la pasada en una encuesta o porque es “trending topic” en las redes sociales, lo que si preocupa (a mi por lo menos) es lo arriesgado que resulta determinar para dónde va la micro, políticamente hablando.


Todas las micros los dejan bien. ¿Pasa por la ANFP?... suba nomá jefe. Voy a la villa los miserables… lo dejo en la esquina. Vamos a plantear una nueva derecha, ¿me sirve?... si, ahí tengo la parada.

Conferencias, visitas, actos, seminarios (y cualquier otra acción de propaganda) se plantean desde y dependiendo de la cantidad de clics en el “compartir” que los medios de comunicación ponen a disposición de sus lectores. Mientras más compartan, más modificaciones sufren las agendas. Ejércitos de personas escudriñan los blogs, twitter, facebook, etc, para saber qué se dice. Es más, estos mismos ejércitos de la banda ancha lanzan como suyas ideas amasadas en los hornos estratégicos de partidos y políticos a fin de saber (antes de lanzarlas al mundo de a pie) si tendrán el éxito o repercusión deseados.


A este ritmo las conquistas políticas ya no dependerán del voto. Es más, estoy casi seguro que las elecciones son un estorbo para la política instantánea. Es innegable el pánico que representa esperar sentados dos o cuatro años para saber la opinión de la gallada. No pues, mejor medir minuto a minuto la popularidad y saber a tiempo qué está de moda para arreglar la carga y minimizar los peligros de las urnas.


¿De qué otra forma podrían justificar lo del mar para Bolivia, la nueva derecha, la reelección presidencial, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el voto voluntario y demás “salidas” del último tiempo?. Ojo, sin caer ni recurrir al cliché del “abrir los temas” ya que esa frasecita es tan vacía como ofensiva para quienes tenemos más de dieciocho dedos de frente y entendemos que nada en política es al azar.


No se equivoquen, los principios políticos no volverán a ser invocados con seriedad mientras la democracia de las encuestas siga reclutando promotores. ¿No me creen?. Si es cosa de ver cómo son descalificados quienes se aventuran a insinuar conceptos como ideal, valor, consecuencia, diferencia, honor o responsabilidad.


Mátenme si quieren, pero pienso que lo que hacen oficialistas y opositores para amplificar su popularidad le hace un daño descomunal a la política y, fuerte y claro, sin política no hay trofeo.


Si para mantener el poder hay que subir los impuestos, se subirán los impuestos. Si para mantener el poder es necesario cambiarle el nombre a la Alameda por Av. Violeta Parra, se le cambiará el nombre pues. Si para mantener el poder es necesario que el día de la piscola sea feriado, se dará el feriado.


Manifestar las diferencias no es ni rasca ni anacrónico, es únicamente dejar que el pueblo distinga y decida si le gusta lo que propones y haces. Si lo que propones y haces es sólo lo que las encuestas indican, por duro que suene, no serás más que un proyecto sin esplendor ni alma propia.


Ya, eso sería, que tengan un muy buen fin de semana y, si Dios quiere, leeré cientos de comentarios destruyendo este bodrio. Salud.

Tomado de Diario La Tercera.

lunes, noviembre 08, 2010

Decálogo para las relaciones con Bolivia, por Joaquín Fermandois.


Decálogo para las relaciones con Bolivia,

por Joaquín Fermandois.

Propuestas intempestivas aparejadas al protagonismo político interno -algo usual, aunque en este terreno se camina sobre huevos- crean expectativas de "solucionar" el tema de la exigencia boliviana de salida soberana al mar.


Desde luego, con la excepción de Suiza, la experiencia con los sistemas "plebiscitarios" ha sido lamentable. Sería abrir la caja de Pandora. Lo que sí debemos hacer es recordar los límites estrechos que existen para toda transacción de este tipo. Por algo, desde que La Paz lo transformó en el corazón de las relaciones, ha habido todo tipo de gobiernos en Chile y en Bolivia, cada uno de los cuales ha llegado nutrido de un arsenal de soluciones "modernas", para quedar todo en las mismas.


Para alcanzar un acuerdo posible se debe exprimir la imaginación y controlar los devaneos. Es bueno traer a colación un abc del problema.


Primero, cuando se originó el problema en el siglo XIX, el asunto era un "puerto", como garantía de que la ahora Bolivia (antes Audiencia de Charcas) pudiera importar y exportar. El Tratado de 1904 satisface completamente el fondo del asunto, el "libre tránsito" que da garantía internacional a Bolivia de no quedar enclaustrada. Mirado desde el presente, hubiera sido deseable otro tipo de término a la guerra de 1879, pero la paz se alcanzó de acuerdo con las categorías del momento.


Segundo, no se trata de un problema concreto, de asunto de intereses o algo así, que se supone se pueda tratar de manera objetiva, quirúrgica, sino que de un sentimiento sin duda profundo. Ni el mayor "negocio" que se les ofrezca hará que los bolivianos se distancien del acariciado sueño de un puerto más costa.


Tercero, la presión por la demanda creció con el tiempo, siendo más intensa en la segunda mitad del siglo XX que en la primera, lo que revela que, antes que una situación desesperada, se trata de un proceso de autoconvencimiento, cuando no de autosugestión -eso sí, no por ello menos sentida.


Cuarto, salvo por un colapso nacional, es difícil que algún gobierno chileno pueda plantear una propuesta más completa, a ojos bolivianos, que la de Charaña. Permanece como punto de referencia.


Quinto, desde 1929 los indicios apuntan a que Perú no consiente en un arreglo como este. ¿Es Charaña la cuadratura del círculo? Quizás una política de encariñamiento con Perú podría en el largo plazo, en décadas, pronunciar el ansiado "sí". No sería cosa de pura buena voluntad.


Sexto, un enclave al sur de Arica sin soberanía no podrá ser jamás sino una etapa para la demanda subsiguiente, que tendría que incluir una conexión "continua", lo que dividiría a Chile. ¿Alguien cree que ello podría llevarse a cabo sin una crisis del Estado en Chile?


Séptimo, es una ficción (muy latinoamericana) el que no tengamos relaciones diplomáticas: la intensidad actual de intercambios y cooperación no tiene precedentes en dos siglos.


Octavo, transformar Charaña, el corredor al norte de Arica, en una suerte de enclave por medio de un comodato o algo así, aunque no está prohibido por el Tratado de 1929, sería una provocación no menor al Perú, además de que todo gobierno boliviano lo mirará como provisorio.


Noveno, Evo colaboró en derrocar a un Presidente en parte por el tema del mar, y como él es una figura fuerte -la primera en esta década- puede congelar por un tiempo la confrontación retórica, mas no puede durar mucho.


Décimo, lo más probable es que un acuerdo eventual no haría más que agravar la crisis que se cierne sobre Arica. Si la situación actual provoca alarma y exige una acción de Estado, con mayor razón se debiera afrontar la coyuntura del corredor con una carta creativa bajo la manga.

sábado, octubre 30, 2010

Democracia, un requisito. República, una necesidad, por Alberto Medina Méndez.


Democracia, un requisito. República, una necesidad,

por Alberto Medina Méndez.



En tiempos de idealización cívica, muchos dirigentes y demasiados ciudadanos se han hecho fundamentalistas de los principios de la democracia. Suponen que con ella es suficiente y que resuelve todos los problemas.



Creen que ese término los habilita para hacer y deshacer según se los posibilita la sumatoria de voluntades que logran reunir en una situación de coyuntura. Han convertido un concepto relevante en un mero ejercicio aritmético donde el que tiene la mayoría puede imponer su voluntad de modo discrecional, sin rendir cuentas, mas que a sus propios votantes.



Aun quedan unas pocas dictaduras en el mundo. Se las cuestiona en cuanta discusión se plantee, en cuanto foro internacional se presente. Las democracias ganaron terreno y queda claro que es un gran paso que así haya sucedido.



Pero no habrá que confundirse si aspiramos a vivir en un mundo mejor, mas justo, mas equitativo. La democracia es una doctrina que permite dirimir diferencias, un mecanismo que resuelve que hacer cuando no logramos acordar como comunidad, pero lejos está de ser la panacea. Su llegada permitió poner en manos de la ciudadanía los asuntos públicos, pero una democracia sin república nos lleva irremediablemente al gobierno de los caprichos, al reinado de los berrinches, al infantilismo de las mayorías.



La democracia es el requisito, el medio, pero de ningún modo puede constituirse en el fin último de un sistema político. La república es el mecanismo por excelencia que posibilita una convivencia pacifica, ordenada, sensata, donde los antojos del presente no pueden imponerse con tanta facilidad.



Y no es que la republica proponga un esquema infalible. Adolece de grandes inconvenientes, y hasta puede cometer injusticias, pero es su esencia, la del contrapeso del poder, la del mecanismo de balanzas que se compensan unas con otras, garantizando el inestable equilibrio que nos debe gobernar.



No es perfecta la republica, pero puede evitar los abusos, desterrar los atropellos y amortiguar el impacto de las decisiones intempestivas. En fin, puede jugar su rol, el de asegurar una cuota de sentido común, de sensatez, de prudencia y madurez. A veces lo consigue, otras no, pero en todo caso funciona como una red de contención adicional, para sortear los paraísos que parece proponer una democracia frágil.



Las sociedades que han logrado avanzar, que consiguen progresar de modo sostenido e inteligente, tienen en común la fortaleza de sus instituciones. Eso supone saber que ellas no son perfectas, que sus decisiones no son siempre las óptimas, pero que en el balance general, respetarlas, aceptarlas, trae consigo prosperidad y equidad.



Algunas comunidades lo comprendieron, y lo ejercitan a diario, no sin contratiempos de tanto en tanto. Otras, aun prefieren los vaivenes de las mayorías circunstanciales, el fundamentalismo de las matemáticas.



Habrá que saber distinguir entre los que usan la democracia y los que abusan de sus virtudes. No todos creen en ella. Muchos solo la usurpan para utilizarla como puente entre su presente y sus objetivos Los que creen en ella fervientemente, la defienden aun cuando el sistema les de la espalda. La democracia es mucho más que un concepto algebraico. Ya no se trata de quien suma mas, se trata de consensos, de acuerdos, de búsqueda de puntos en común para una construcción ciudadana.



Los que lo comprendieron y lo aplican cotidianamente, lo saben porque disfrutan de esas bondades. Pero para aquellos que no aprenden de sus errores, y se dejan tentar por las tentadoras burbujas del poder, utilizando a pleno las potestades que se derivan de las circunstanciales mayorías, una dosis importante de republica, resuelve la cuestión y pone freno efectivo al desatino.



El equilibrio de los poderes, los contrapesos, el balance de fuerzas, mecanismos de control cruzado, de supervisión y seguimiento combinados, hace que todos cumplan con su rol, y se aseguren de que el engranaje propio funcione, para que el todo no se detenga y encuentre en ese movimiento, la armonía, la cadencia, la mesura que todos precisamos en estos tiempos de pretendida mayor civilidad.



Algunos sostienen que se trata de cumplir el proceso de maduración político para llegar a ello. Son los que entienden que el paso del tiempo aporta esa templanza necesaria para asumir los errores del pasado y corregirlos hacia el futuro. Pero tal vez no se trate de eso y sea mucho más simple. Es posible que solo se trate de creer en ello, de asimilar los mecanismos republicanos, y adherir férreamente a sus principios, para lo que resulta imprescindible, olvidarse de los nombres y apellidos, de los personalismos, de los coyunturales líderes del presente.



Los sistemas perduran, si logran solidez, mucho más allá de los hombres. Consolidar la democracia, fortalecer la republica no es una tarea de tiempos, de procesos de maduración, es un asunto que tiene que ver con las convicciones, de entender que es lo mejor para una sociedad y creer en ello. Ya no se trata de lo que conviene, sino de lo que corresponde, aunque no convenga.



La inmediatez del corto plazo que nos propone la vertiginosidad de este tiempo, hace que intentemos llevar esa dinámica cotidiana a la política. Por otro lado, el avance del Estado y los gobiernos sobre las libertades individuales ha significado que la política controle más allá de lo imaginable, la actividad de los ciudadanos.



Esos mecanismos parecen obligarnos a un contacto mas fluido con el sistema político con el que hay que confrontar a diario. Y esa inmediatez parece obligar a sumar votos, a tener mayorías, solo para imponer criterios de unos sobre otros, dejando así de lado el dialogo, los acuerdos, y sobre todo las decisiones voluntarias.



Tal vez debamos revisarnos esta adicción por intimidar como medio para someterlo a la voluntad de otros. Esta dinámica está muy lejos del espíritu de las democracias concebidas como un modo de que la sociedad conduzca el rumbo. Termina pareciéndose mucho a los regimenes despóticos, autoritarios y dictatoriales, esta vez disfrazados con un ropaje más prolijo.



Necesitamos democracia, mas democracia, porque es un requisito indispensable, pero sin los contrapesos de la republica, no lograremos avanzar lo suficiente.




PUBLICADO EN EL DIARIO EPOCA DE CORRIENTES, ARGENTINA, EL JUEVES 28 DE OCTUBRE DE 2010

Don Alberto Medina Méndez puede ser contactado por las siguienetes vías:

Correo electrónico : amedinamendez@gmail.com, Skype: amedinamendez y tambien en su página Web: www.albertomedinamendez.com

miércoles, octubre 27, 2010

Nueva etapa, por Eugenio Tironi.

Nueva etapa,

por Eugenio Tironi.

Cuando se analiza lo que ocurrió en la mina San José, la primera tentación es calificarlo como milagro, o bien fruto de un liderazgo divinizado. Pero no; fue una puesta en escena de las competencias que Chile ha venido reuniendo a lo largo de su historia. Éste ha sido, por siglos, un país minero. Hay, pues, cultura, formación y tecnología mineras de clase mundial. Todo esto se desplegó en la impecable operación de rescate, ante los ojos del resto de los chilenos y del mundo. Chile es, también por siglos, un país con un Estado fuerte y respetado, incluyendo su gobierno, su policía, sus Fuerzas Armadas. Con pocas empresas en manos estatales, entre ellas Codelco, que se manejan con criterios económicos y no políticos. El rescate no habría sido posible sin estas condiciones de base.


Cuando se habla en el extranjero de "lo bien que se hacen las cosas en Chile", hay que tener en cuenta cuestiones que ni siquiera los chilenos apreciamos en todo su significado: la calidad de sus instituciones y de sus liderazgos; su nivel de educación, puesto de manifiesto en la capacidad y templanza de sus trabajadores y técnicos; la competencia de sus empresas, muchas de ellas en las ligas mundiales, y el sentido de solidaridad de su población, forjado en las catástrofes que recurrentemente lo golpean.


Chile es un país resiliente. Está sometido periódicamente a terremotos que destruyen lo que sus habitantes han levantado, el último de los cuales tuvo lugar apenas hace siete meses. Sabe, por ende, no amilanarse ante las tragedias, y sabe también pararse nuevamente desde las ruinas. Pero sus terremotos no han sido solo geológicos: han sido también políticos. El más doloroso fue el golpe militar de 1973, y la dictadura que le siguió, que implantó un cambio radical en su modelo de desarrollo. Pues bien, Chile también absorbió este cambio, y logró reconstruir con éxito su economía y su democracia. De lo último, la mejor prueba es que después de 20 años en el gobierno, la coalición política que sustituyó a la dictadura fue derrotada en elecciones limpias por una coalición cuyos líderes, en su gran mayoría, estuvieron con Pinochet: no obstante, la transición se ha realizado sin tropiezo alguno.


Los chilenos de hoy son optimistas de las oportunidades que les ofrece su país, y confían en que su esfuerzo será premiado. Esto hace soportar niveles de desigualdad y de riesgo que en otros países serían intolerables. Pero algo cambió en la conciencia del país con lo ocurrido en la mina San José. Ciertas afirmaciones, por ejemplo, ya no son tolerables: por ejemplo, que el exceso de celo en la seguridad laboral afecta la competitividad, o que hay que terminar con los "ejércitos de fiscalizadores". Y, en otro plano, después de que el país fue testigo de la lección de colaboración, inteligencia y liderazgo que dieron los mineros, es difícil insistir en que la participación y organización de los trabajadores son negativas para las empresas.


Sí, la imagen de Chile ante el mundo ha cambiado porque Chile ha cambiado. Por eso mismo, en vez de lanzar frases arrogantes, ahora hay que hacer las tareas pendientes. Chile ha probado que ya posee los grados de fe en el futuro, de ansias de recompensa, de solidez institucional y de capacidad empresarial sin los cuales no es posible el desarrollo capitalista; pero aún carece de la cultura de respeto a los trabajadores, del grado de asociatividad de los mismos y de los mecanismos de contención de los animal spirits, sin los cuales no es posible un desarrollo más humano. Si ahora se avanza en esta nueva etapa, la epopeya de los mineros será aún más imperecedera.


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