sábado, junio 18, 2011

Una democracia en medio de ciegos, sordos y mudos, por Margarita María Errázuriz.


Una democracia en medio de ciegos, sordos y mudos,

por Margarita María Errázuriz.



En los últimos días, las palabras diálogo y acuerdos han estado muy presentes. Todos esperamos que quienes dialogan no lo hagan como si fueran sordos. También hemos presenciado movilizaciones. Temo que muchos de los que caminan lo hagan como si fueran ciegos. Además, hay un grupo mayoritario que es mudo. No sé cuál situación es peor para una democracia.



Desde esta perspectiva, los acontecimientos actuales nos permiten distinguir tres grandes grupos sociales.



El primero lo constituyen quienes protestan. Las marchas se han convocado frente a situaciones tan concretas como HidroAysén o el tema de la educación. Muchos las celebran, porque estiman que es como salir de un letargo: aplauden que haya movimiento, expresión social. Sin negar lo anterior, en estos casos específicos estimo que los planteamientos de quienes protestan se hacen de forma tal, que afectan la esencia del juego democrático. La convocatoria y el espacio que abren a la agresividad generan una intolerancia que atenta contra un debate informado, capaz de evaluar prioridades mirando el bien común. Este grupo actúa como si no viera lo que sucede alrededor. Ello es grave. Los temas en cuestión son dimensiones estratégicas para el desarrollo del país y la calidad de vida de sus habitantes. Requieren ser debatidos situándolos en el contexto más amplio del cual forman parte. Cabe agregar que, en el caso de los estudiantes, su comportamiento constituye una paradoja: junto con representar una situación extrema en el sistema democrático, dado que en su gran mayoría rechazan la participación electoral —no votan—, son los que más quieren ser escuchados, los que más quieren estar presentes.



El Gobierno y los dirigentes políticos conforman el segundo grupo. Pese al rol que juegan en el sistema democrático, pareciera que no oyen a la ciudadanía. Su discurso presente se focaliza en la necesidad de escucharse, de no obstruir las iniciativas, de hacer avanzar al país. Enfoque que está cruzado por recriminaciones entre coaliciones, entre los partidos y al interior de las colectividades. Todos están enfrascados en evaluar cuánto espacio se abre para el diálogo “entre ellos” frente a propuestas concretas que no necesariamente están vinculadas con los intereses de la ciudadanía, o buscan subsanar el rechazo que ésta les expresa. En medio de dicho rechazo general, muchos juegan al ajedrez político, desprestigiándolos a todos. No escuchan o no quieren hacerse cargo de que lo que se les pide es una profundización del juego democrático.



El tercer grupo es el de los pasivos. Son los que comentan en los pasillos o desde un cómodo sillón. Su característica es que no hablan en público, no se expresan directamente y sus opiniones hay que deducirlas a partir de los resultados que aparecen en las encuestas. De acuerdo con la última realizada por Adimark, rechazan mayoritariamente al Gobierno, a la Alianza por el Cambio y a la Concertación. Sus integrantes parecen observar, o toleran lo que sucede como si no los afectara. Votan cuando corresponde y con ello se dan por cumplidos. No les interesa hacer oír su voz. Esta es la gran mayoría de la población. Creen cumplir con el juego democrático, pero su indiferencia con lo que sucede en la sociedad los hace cómplices de su debilitamiento.



Si la democracia es un modo de vivir basado en el respeto a la dignidad de las personas, a su libertad y a los derechos de todos y de cada uno, la convivencia entre ciegos, sordos y mudos no nos va a llevar muy lejos. Extraña nuestra forma de vivir un bien que para alcanzarlo se ha luchado tanto. Hoy no lo honramos. Cada uno de nosotros, en cualquiera de los grupos que se ubique, debe hacer su propio mea culpa.

jueves, junio 02, 2011

Followers, por Max Colodro.



Followers, por Max Colodro.





A pedido de los tuiteros, el Presidente Piñera echando abajo la institucionalidad ambiental vía telefónica; ex ministros del anterior gobierno aclarando ahora que apoyaron HidroAysén “a título personal”; Ricardo Lagos dejando su seriedad en el clóset y dándose una olímpica voltereta en el aire; la ex Presidenta Bachelet mutis, jugando a las escondidas, cuando nos había dicho que no sería sorda ni muda frente al acontecer nacional… En fin, ejemplos un poquito vergonzosos de cómo los líderes se instalan hoy día en la lógica de los followers, seguidores del people meter y de los gritos de la calle.



Liderazgos a la inversa, reconvertidos ahora en followers de las razones o las pasiones de la multitud y de las redes sociales. Una manera de hacer política de muy mal pronóstico, donde las decisiones quedan supeditadas a la galería, que hace su juego sabiendo que tiene la sartén por el mango. Como en estos días: el país jugando al todo o nada con HidroAysén, mientras la discusión seria y responsable sobre la matriz energética brilla por su ausencia.



Está muy bien que nuestros líderes quieran estar a tono; que la gente tome posición y haga saber sus opiniones. La calle y las redes sociales son un espacio legítimo de participación. El problema no está ahí. Ni siquiera en los políticos buscando popularidad. El problema surge cuando ese afán termina contaminándolo todo, cuando las políticas públicas terminan esclavas de una lógica que hace imposible su discusión razonable. ¿Signo de los tiempos? Quizá, pero también de debilidades políticas que buscan esquivarse a través de la pirotecnia, del juego de luces donde la responsabilidad se inmola sumándose a la procesión.



El ministro Hinzpeter anticipa que el Gobierno seguirá cayendo en las encuestas. La autoridad continúa atrapada por los vaivenes de la contingencia, teniendo como mar de fondo un nudo capital que no ha podido desatar: una economía que crece con fuerza, logros en materia de gestión sectorial, pero que no consigue traducir en aprobación. El relato dejó ya de ser el problema. Ahora, el Gobierno se enfrenta a algo más complejo e inasible: un malestar en ciernes, la desafección ciudadana adosada a un déficit crónico en materia de credibilidad; el fantasma de la «letra chica», uno de los aciertos instalados por la oposición, y que tiene al Ejecutivo con dificultades serias para generar confianza en sus decisiones. Si había un problema de «falta de calle», hoy día es la calle la que ha comenzado a hablar, dejando otra vez en evidencia que la «política» es el eslabón más débil de esta administración. Tanto, que los eventuales logros simplemente no se notan en el paisaje.



La Concertación, por su parte, se suma alegre a una procesión ajena, pero no consigue tampoco generar conducción y credibilidad. Sin ir más lejos, la brecha entre quienes desaprueban al actual gobierno y quienes respaldan al conglomerado opositor es enorme; signo y evidencia de su propia incapacidad, de un vacío que deja al malestar social en tierra de nadie. En efecto, la «letra chica» de la Concertación en materia de política ambiental es tanto o más vergonzosa que la de cualquiera. Ahí están las termoeléctricas inflando nuestra huella de carbono y los niños de La Greda como preclaro testimonio. Pero ello no les impide ahora salir de cacería, ponerse chapitas para sumarse impunemente al coro o guardar silencio.



Se vienen días difíciles. Los followers se toman el debate público y el sistema político no logra procesar el desencanto y traducirlo en decisiones responsables. Un gobierno con su credibilidad dañada y cayendo en las encuestas queda sometido a peligrosas tentaciones. Una oposición cuyo único norte es la zancadilla, sólo puede ser un aporte para el deterioro general. Basta poner la vista en la segunda vuelta presidencial del Perú para constatar que una mala política puede terminar teniendo a un sector de la ciudadanía de cómplice. Y no hay que engañarse: nunca un país está completamente a salvo de terminar por esta vía obligado a tener que escoger al final entre lo malo y lo peor.

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