lunes, noviembre 08, 2010

Decálogo para las relaciones con Bolivia, por Joaquín Fermandois.


Decálogo para las relaciones con Bolivia,

por Joaquín Fermandois.

Propuestas intempestivas aparejadas al protagonismo político interno -algo usual, aunque en este terreno se camina sobre huevos- crean expectativas de "solucionar" el tema de la exigencia boliviana de salida soberana al mar.


Desde luego, con la excepción de Suiza, la experiencia con los sistemas "plebiscitarios" ha sido lamentable. Sería abrir la caja de Pandora. Lo que sí debemos hacer es recordar los límites estrechos que existen para toda transacción de este tipo. Por algo, desde que La Paz lo transformó en el corazón de las relaciones, ha habido todo tipo de gobiernos en Chile y en Bolivia, cada uno de los cuales ha llegado nutrido de un arsenal de soluciones "modernas", para quedar todo en las mismas.


Para alcanzar un acuerdo posible se debe exprimir la imaginación y controlar los devaneos. Es bueno traer a colación un abc del problema.


Primero, cuando se originó el problema en el siglo XIX, el asunto era un "puerto", como garantía de que la ahora Bolivia (antes Audiencia de Charcas) pudiera importar y exportar. El Tratado de 1904 satisface completamente el fondo del asunto, el "libre tránsito" que da garantía internacional a Bolivia de no quedar enclaustrada. Mirado desde el presente, hubiera sido deseable otro tipo de término a la guerra de 1879, pero la paz se alcanzó de acuerdo con las categorías del momento.


Segundo, no se trata de un problema concreto, de asunto de intereses o algo así, que se supone se pueda tratar de manera objetiva, quirúrgica, sino que de un sentimiento sin duda profundo. Ni el mayor "negocio" que se les ofrezca hará que los bolivianos se distancien del acariciado sueño de un puerto más costa.


Tercero, la presión por la demanda creció con el tiempo, siendo más intensa en la segunda mitad del siglo XX que en la primera, lo que revela que, antes que una situación desesperada, se trata de un proceso de autoconvencimiento, cuando no de autosugestión -eso sí, no por ello menos sentida.


Cuarto, salvo por un colapso nacional, es difícil que algún gobierno chileno pueda plantear una propuesta más completa, a ojos bolivianos, que la de Charaña. Permanece como punto de referencia.


Quinto, desde 1929 los indicios apuntan a que Perú no consiente en un arreglo como este. ¿Es Charaña la cuadratura del círculo? Quizás una política de encariñamiento con Perú podría en el largo plazo, en décadas, pronunciar el ansiado "sí". No sería cosa de pura buena voluntad.


Sexto, un enclave al sur de Arica sin soberanía no podrá ser jamás sino una etapa para la demanda subsiguiente, que tendría que incluir una conexión "continua", lo que dividiría a Chile. ¿Alguien cree que ello podría llevarse a cabo sin una crisis del Estado en Chile?


Séptimo, es una ficción (muy latinoamericana) el que no tengamos relaciones diplomáticas: la intensidad actual de intercambios y cooperación no tiene precedentes en dos siglos.


Octavo, transformar Charaña, el corredor al norte de Arica, en una suerte de enclave por medio de un comodato o algo así, aunque no está prohibido por el Tratado de 1929, sería una provocación no menor al Perú, además de que todo gobierno boliviano lo mirará como provisorio.


Noveno, Evo colaboró en derrocar a un Presidente en parte por el tema del mar, y como él es una figura fuerte -la primera en esta década- puede congelar por un tiempo la confrontación retórica, mas no puede durar mucho.


Décimo, lo más probable es que un acuerdo eventual no haría más que agravar la crisis que se cierne sobre Arica. Si la situación actual provoca alarma y exige una acción de Estado, con mayor razón se debiera afrontar la coyuntura del corredor con una carta creativa bajo la manga.

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