martes, febrero 01, 2011

Bendita inconsistencia, Margarita María Errázuriz.

Bendita inconsistencia,

Margarita María Errázuriz.

Es interesante lo que ha estado pasando este último tiempo en el mundo de la política. A riesgo de pecar de optimista, pienso que tanto el Gobierno como algunos partidos políticos y sus parlamentarios, cuando enfrentan disyuntivas que son importantes para el país, son capaces de superar diferencias. Con ello quiero decir que unos y otros, pese a sustentar proyectos de sociedad distintos, dan pruebas de que es posible la colaboración y la superación conjunta de problemas. Hay señales de que tanto nuestros representantes como las autoridades de Gobierno pueden tener una mirada país responsable que puede dejar a todos tranquilos. Claro que éstos por ahora son sólo indicios; primeros pasos que igual hay que celebrar.



Así interpreto los acuerdos alcanzados entre el Gobierno y algunos partidos políticos o directamente con parlamentarios al margen de sus colectividades, aun cuando la importancia de esta actitud no se valora debidamente o se rechaza de plano. Gracias a estas negociaciones se logró una votación que permitió sacar adelante iniciativas como la reforma de la educación, el royalty a la minería y la ley de presupuesto, todas necesarias y cuya aprobación era urgente. Como reacción a estos acuerdos, más de alguno propone negar la sal y el agua al Gobierno, y llama a conformar una oposición que denomina de trincheras.



Quienes se suman a los acuerdos deben aceptar ser llamados desleales o inconsistentes por sus compañeros de ruta. Esa teórica inconsistencia a mí me parece valiosa; la veo como un punto de inflexión crucial. Puede constituir la primera señal de un cambio mayor y trascendental; puede ser el inicio de una nueva cultura en la toma de decisiones políticas.



Frente a esta situación hay que tener en cuenta que los cambios culturales son difíciles y lentos. Por lo general, se inician con cambios concretos y aislados como los que hemos visto: un senador sale de la sala para que sin su voto se apruebe una ley; otro contribuye con sus propuestas, negocia y transa; un ministro acepta modificaciones a su proyecto que van más allá de lo que le hubiese gustado. Estas actuaciones alteran prácticas, sorprenden. Pero es difícil y puede ser muy duro mostrar siempre consecuencia en los actos, aun cuando el mensaje sea claro y alentador: tiene prioridad una mirada país y el beneficio de sus ciudadanos.



Las claves de esta nueva cultura son la capacidad de construir a partir de miradas y planteamientos diferentes, y de negociar. Si estos comportamientos se instalaran, generarían un cambio cultural paradigmático. Los partidos se distinguirían por su aporte a las soluciones, por su capacidad de sumar ideas sin temor a perder identidad y, con ello, el apoyo de sus electores. Como pueden imaginar, queda mucho camino por recorrer y, como éste es nuevo, las reacciones pueden ser brutales. Lo que en estos días se lee en la prensa da cuenta precisamente de la dificultad que tienen algunos líderes políticos de entender esta nueva cultura, más amigos de mantener una oposición tajante y formal que de proponer contenidos.



En el fondo, este cambio cultural nos exige a todos otro comportamiento. Es cierto que los primeros en exigirlo, al expresar desafección a la política, fueron los propios electores. Pero esto no es suficiente. Tenemos que dar señales de apoyo a aquellos que actúen en línea con este cambio en la cultura política. Ello los animará a perseverar en sus intentos y convocará a otros a seguir sus pasos. Si así fuere, podemos esperar grandes cosas para nuestro país.


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