sábado, abril 17, 2010

El futuro de la Concertación, por Agustín Squella.


El futuro de la Concertación,

por Agustín Squella.


La Concertación de Partidos por la Democracia debutó como coalición de partidos cuyos componentes corresponden a lo que se denomina “centroizquierda”. Hay allí pensamiento socialcristiano, socialdemócrata y socialista, que se expresa en tres partidos claramente identificables, y en cuanto al cuarto, el Partido por la Democracia, cuyo origen fue instrumental a la recuperación de esa forma de gobierno, cuenta con militantes que tanto podrían identificarse con el pensamiento socialista como con el socialdemócrata. “Concertación” es también el nombre de cuatro gobiernos que el país tuvo entre 1990 y 2010, cuyo sustento político fue el conjunto de colectividades antes aludido. Y “Concertación” es la denominación que se acuerda a los votantes habituales de la coalición, así como a los ciudadanos que aprueban, aunque sea críticamente en determinados aspectos, a los cuatro gobiernos concertacionistas.


Por tanto, tenemos la Concertación como los partidos que la forman, como los gobiernos que ella hizo, y como los ciudadanos que la respaldan. Por lo mismo, a la hora de llevar a cabo una reflexión crítica sobre la Concertación —esa que con total irresponsabilidad se soslayó antes de la derrota y que ahora se está obligado a llevar a cabo sin pretextar la reconstrucción para eludirla de nuevo—, es preciso enfocar en esas mismas tres direcciones y preguntarse en cuál estuvieron las fallas que luego de dos décadas le restaron el apoyo de la mayoría y qué correcciones es preciso introducir de cara al futuro.


Cualquiera podría pensar que las fallas estuvieron en las tres caras de la Concertación, aunque parece justo excluir de culpa a la tercera de ellas, a los ciudadanos que votan por la coalición, puesto que, aun en el peor momento de ésta, la respaldó con el 48 por ciento de los votos.


Los desaciertos corrieron por cuenta de los partidos de la Concertación y de los gobiernos de ésta, y es allí donde tendría que concentrarse el examen crítico de una coalición que aspira ahora a ser una eficaz oposición, a idear una oferta programática renovada, y a reconquistar la mayoría. Con todo, y atendidos los altos niveles de apoyo con que concluyeron los gobiernos de la Concertación, parece que la falla principal estuvo en los partidos, en las desorientadas e irascibles dirigencias que los mal condujeron, y en militantes que no fueron capaces de exigir lo que sus dirigentes les negaron, a saber, una auténtica democracia interna en la organización y funcionamiento de los partidos, y que se conformaron con que éstos les facilitaran el acceso y la permanencia en cargos públicos remunerados.



Por eso es que un nuevo cónclave de la Concertación tiene que esperar a que sus cuatro partidos hagan memoria de las ideas que los mueven, sustituyan sus directivas en medio de la competencia y no de los arreglos y menos de las emboscadas, mejoren y transparenten su organización interna, pongan atajo a desbocados y ya majaderos personalismos, dejen de utilizar la delicada palabra “sensibilidades” para aludir a los rudos y obtusos grupos de poder que se disputan el control de las colectividades, practiquen al interior de éstas la democracia que pregonan para el conjunto de la sociedad, y sintonicen de una vez con el ritmo y dirección de los cambios que la propia Concertación introdujo en el país.


Si no hay democracia sin partidos políticos, la calidad de la democracia depende de las cualidades de los partidos. Si no hay Concertación sin los cuatro partidos que la forman, recuperar la calidad de cada uno de éstos es condición para reconstruir la excelencia del conjunto. Y si la mejor cara de la Concertación ha estado en quienes votan regularmente por ella, un futuro cónclave no debería reducirse sólo a quienes dirijan los partidos y a quienes participaron en sus gobiernos.


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