
El enigma del anarquismo,
por Pedro Gandolfo.
La televisión transmite la formalización que el Ministerio Público efectúa a un presunto grupo de anarquistas chilenos, responsables —según la fiscalía— de una serie de atentados con artefactos explosivos y de asociarse para ello, entre otros delitos.
Escudriño sus rostros para intentar desentrañar algún rasgo que los distinga, pero me resultan comunes y corrientes, anodinos, incluso familiares. Conozco a un par de ellos; uno, incluso, hace unos 15 años, fue mi alumno.
El anarquismo, que se configura con distintos matices en la segunda mitad del siglo XIX, es un movimiento político particularmente opaco e inasible. Recomiendo dos estudios recientes que echan alguna luz sobre su historia y pensamiento: “Los anarquistas”, de James Joll, y “El mundo que no fue”, de Alex Butterworth.
No me cabe duda, con todo, de que la versión chilena del mismo es una especie degradada, con un discurso escuálido y confuso, pobre en recursos materiales y con escasos adherentes.
El anarquista (aunque aparenten semejanzas) no es, en estricto rigor, un terrorista, ya que carece de cualquier pretensión de establecer un nuevo orden social. Aunque puede formar parte de redes mayores y actuar como “agente provocador”, su propósito suele ser gratuitamente destructivo y, en esa medida, incomprensible para sus pesquisadores. Las células están integradas por un número pequeño de personas, cuyos miembros suelen llevar una vida cotidiana normal a ojos de terceros; son seres de inteligencia más bien mediocre, de un idealismo elemental y con poca formación educacional.
Entre quienes se han dedicado a estudiar y combatir esta escurridiza amenaza, existe casi unanimidad en torno a que son algunos escritores —grandes escritores, por cierto— quienes, con su intuición y capacidad de observación, han logrado penetrar en los resortes profundos del anarquismo. Me refiero a “Los demonios”, de Fedor Dostoievski, y a “El agente secreto”, de Joseph Conrad.