miércoles, febrero 24, 2010

El vecindario, problema para rato, por Joaquín Fermandois.

El vecindario, problema para rato, por Joaquín Fermandois.


En 1959, el Presidente Jorge Alessandri lo planteó con claridad. Chile apoyaba tanto al sistema democrático como a la “no intervención”. Eso sí, la defensa de la democracia no debe interferir con la no intervención. Ésta es una elección propia de un mundo en que conviven sistemas diferentes. Ha habido pocas situaciones en que los principios democráticos se imponen a los de no intervención en las relaciones latinoamericanas. Una de ellas fue el alineamiento con los aliados en la Segunda Guerra Mundial. No era para menos, ya que fue el cataclismo de la centuria. ¿Habrá que añadir que casi la mitad de los países no eran democracias? La otra circunstancia fue la Cláusula Democrática de 1991, reiterada en otras conferencias de la OEA, que pone como requisito irrenunciable tener una democracia para pertenecer a la organización.

Como sabemos, esta cláusula se ha desvanecido con el advenimiento de los movimientos y gobiernos como el de Chávez en Venezuela. Del continente sólo se musitan tímidos reproches, si es que los hay. Cuando algo sucede, en sentido inverso, en un pequeño país como Honduras, entonces de la boca para afuera se hace sentir un coro altisonante de moralina. Luego, ¿hay que descartar una política exterior de defensa de la democracia? ¿O, por el contrario, se debe combatir cualquier amenaza a ella, proceda de una deposición inconstitucional por golpe, o por un acto de transgresión de un Presidente, lo que está de moda?

En la práctica se muestra un grosero doble estándar. Ponerse a la vanguardia de una crítica a la falta de democracia puede conducirnos a una situación como le pasó a otro Presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, que en 1959 se propuso no reconocer a ningún régimen no democrático en el continente, con el resultado de que Caracas casi no tenía relaciones diplomáticas en la región. Lo opuesto, simplemente aceptar la realidad de sistemas no democráticos sin decir ni pío —que es lo que hacemos con el resto del mundo—, diluiría las ideas políticas republicanas y revertiría sobre Chile, ya sea con populismos o con autoritarismos, o la combinación de ambos. ¿Qué hacer?

Tomar el toro por las astas, que significa reconocer cómo ha sido América Latina: una sociedad política inestable, inacabada, aunque lo barbárico no sea su única faz ni mucho menos. En otras palabras, es muy poco probable que nuestros países alcancen una estabilidad como la de Europa desde hace medio siglo. En último término, las crisis políticas han sido la principal fuente de desconfianzas y, finalmente, la causa de por qué en el pasado (para Chile, en el siglo XIX) nos hemos ido a las manos. Como 200 años después de la emancipación seguimos en la misma, aunque en grados diferentes, habrá siempre o casi siempre regímenes democráticos y otros de democracia limitada, o sin rastro de democracia, como la Cuba de Castro.

Ser indiferentes ante los regímenes del continente, o enarbolar la espada de la justicia y de la verdad, no son en sí mismas alternativas realistas. Chile deberá crear una de las verdaderas políticas, aquellas que saben sortear los estrechos entre una tentación y otra. Aprenderá a coexistir con regímenes políticos no democráticos y, al mismo tiempo, mostrar una diferencia visible de trato distinto entre las democracias regulares y aquellas que se van distanciando de este sistema. Con esta finalidad, no se debe perder de vista una discreta coordinación —que nunca será fácil— con los países latinoamericanos democráticos y de políticas exteriores razonables. Sabemos que todo se cimenta en una base vulnerable, como lo ha manifestado nuestra historia.



jueves, febrero 18, 2010

Ministros y movilización social, por Gonzalo Rojas

(Gonzalo Rojas es Abogado, Periodista y profesor
universitario, un gran formador de juventudes)

Ministros y movilización social, por Gonzalo Rojas


Un papelógrafo de la Brigada Chacón lo anuncia de modo sintético: “Trabajadores, alerta, a defender lo ganado”. Varias organizaciones sociales lo han advertido también: Presidente Piñera, a su gobierno le vamos a negar la sal, el agua, el arroz, la leche y la estantería completa del supermercado. Ya antes de la elección, no faltaron los empresarios que temblaban por anticipado ante las huelgas y más huelgas que veían venir y, en consecuencia, marcaron Frei.

Y eso que todavía no han comenzado a actuar los tres diputados comunistas que valdrán por 20, no en los votos, pero sí en la articulación de las protestas sectoriales contra el nuevo gobierno. Y nadie en la Concertación querrá quedarse atrás en esas tareas de agitación, para las que encontrarán numerosos pretextos y quizás alguna buena razón.

Los ministros podrán tener más o menos experiencia en el trato con los partidos, pero ésa no es la única competencia que deberán exhibir en el plano político. Será en relación con la movilización social, dominada por las izquierdas, donde deberán demostrar una especial capacidad.

Y ahí parece estar —que nadie lo niegue de antemano, por pura lealtad— la principal debilidad del gabinete: la falta de conocimientos o experiencias (tal vez ambas cosas) frente a las movilizaciones sociales. Ya el pobre Zilic supo lo que era eso, pero lo conoció muy por encima, muy tarde, y duró poco.

Quien mejor lo ha entrevisto ha sido el futuro ministro de Hacienda, al afirmar que “las demandas sociales, sin duda, serán uno de los flancos más demandantes que tendremos”, agregando que él confía “en que con el liderazgo del Presidente, el apoyo del equipo político y una buena disposición, los enfrentaremos bien”. Muy claro.

Pero, ¿conoce al detalle el nuevo ministro del Interior la poderosa actuación de las ONG indigenistas y las tramas de los movimientos lumpen-anarquistas? ¿Domina el ministro de Justicia los criterios teóricos y prácticos de una confrontación sin cuartel con que lo atacarán desde las numerosas agrupaciones? ¿Sabe el futuro ministro de Educación por qué logra el Colegio de Profesores quedar siempre como acreedor o víctima? ¿Domina las coordenadas de la FECh y de la FEUC? ¿Intuye el ministro de Minería por dónde y cómo vendrán las reivindicaciones de la Confederación de Trabajadores del Cobre y de las restantes agrupaciones de la aristocracia laboral chilena?



Quizás en sus carpetas y pendrives no está aún esa información…

Pero ellos ciertamente no serán los únicos ministros amagados.

¿Se sabrá plantar el ministro de Salud frente a las poderosísimas Fenats, Confusam y ante sus colegas del Colegio, todos muy ideologizados? ¿Tendrá voluntad la ministra del Sernam para frenar las presiones del feminismo radical chileno y de las redes de apoyo internacional, que reivindican como derechos el crimen del aborto y la unión de lesbianas con posibilidades de adoptar? ¿Soportará el ministro de Cultura la pecha de los sindicatos de artistas por más y más platas para caprichos y caprichines? ¿Tienen claro los ministros del área energética y medioambiental la organización y los recursos que dominan las ONG ecologistas, ya bien implantadas en Chile?

Y, como caso resumen, ¿domina la ministra del Trabajo la actividad de una CUT que se hará fuerte como nunca antes, porque ya no jugará a dos bandas frente al gobierno?

Sin duda, todos los ministros tendrán la mejor disposición al diálogo. Pero para enfrentar con éxito las duras posturas con que a veces se encontrarán, cuánta falta les harán subsecretarios y jefes de servicio que dominen a fondo las coordenadas de sus contrapartes. ¿Contarán con ellos?


viernes, febrero 12, 2010

¿El talón de Aquiles del nuevo Mandatario?, por Juan Carlos Altamirano.


¿El talón de Aquiles del nuevo Mandatario?,

por Juan Carlos Altamirano.

El nuevo gobierno tiene una agenda cargada en relación con el futuro de la televisión chilena y la digitalización del país. En lo concreto, sería un gran avance fomentar el empleo de las TIC —la tecnología de la información y las comunicaciones— para mejorar la educación y en la modernización del Estado.

Otro punto de esta agenda es el desafío de iniciar la transición de la televisión análoga a la digital. El gobierno de Bachelet puso la primera piedra cuando escogió —para bien o para mal— el sistema japonés. El nuevo gobierno tiene ahora la responsabilidad de fomentar este proceso, y ayudar a que se haga realidad una televisión digital de “excelencia” para el Chile del bicentenario.

Una prioridad, en esta transición a lo digital, es fijar las reglas del juego que demarcarán el nuevo sistema de televisión. El gobierno de Bachelet ya presentó un proyecto de ley, el cual descansa en el Congreso por falta de consensos a todo nivel. La interrogante es qué hará el gobierno de Piñera con esta iniciativa. ¿La retirará? ¿Presentará modificaciones? ¿La replanteará? La pregunta es relevante, pues en esta ley están en juego las funciones y responsabilidades que tendrá el Consejo Nacional de Televisión —el órgano que supervisa, regula y fomenta la “calidad” de la televisión chilena— en la era digital.

También en este proyecto está en juego el futuro de TVN. Es necesario legislar para permitir que el canal funcione adecuadamente dentro del nuevo sistema digital y se garantice su “calidad”, como televisión pública de todos los chilenos. A su vez, si el sello del nuevo gobierno es “el cambio”, cabe preguntarse qué transformaciones se realizarán al interior de TVN. ¿Veremos simplemente el cambio del presidente del directorio y del director ejecutivo, como ocurrió en todos los gobiernos de la Concertación, o bien se pretende introducir cambios sustanciales al modelo actual?

No obstante la magnitud de esta agenda, el problema inmediato que tiene el Presidente electo es el tema de Chilevisión y su traspaso a la Fundación Cultura y Sociedad.

La idea de que una fundación asuma la propiedad y control de un canal de TV abierta, puede ser un esquema innovador. Hay que considerar que, por definición, una fundación no tiene fines de lucro y, por principio, su misión es promover un determinado servicio social. Por consiguiente, desde esta perspectiva, “la solución Piñera” podría ser una buena fórmula de gobierno corporativo y financiamiento para los nuevos canales de TV abierta que potencialmente se creen con la digitalización.

Sin embargo, para Chilevisión el esquema en cuestión tiene de “agrio y dulce”: dado que el nuevo dueño —la Fundación Cultura y Sociedad— no tiene fines de lucro, las cuantiosas ganancias que deja el canal estarían eventualmente destinadas a ser reinvertidas, con lo cual tendría el potencial de crecer considerablemente.

Por otro lado, la Fundación debería fijarle una nueva misión y línea editorial a Chilevisión, de tal modo que su programación esté en concordancia con la declaración de principios de la entidad: el compromiso de fomentar la cultura, la educación y el desarrollo social. Esto significa que habrá un permanente escrutinio público y político sobre si la misión de la Fundación y de su canal se cumple o, bien, si es una simple pantalla.

A nivel coyuntural, el problema de fondo que tiene el Presidente electo es que deberá convencer al país de que no tendrá conflicto de interés luego del traspaso de la propiedad a la Fundación. El tema se hará más conflictivo si él mantiene el control de esta última. Por otro lado, no es fácil pensar que no habrá conflicto de interés cuando el mismo Mandatario tenga que tomar decisiones respecto de la agenda de temas pendientes recién mencionada. Después de todo, Chilevisión es un “player” importante, cuya posición está directamente relacionada —a través de la competencia— con lo que ocurra con TVN, con el Consejo Nacional de Televisión y las reglas del juego que regirán la TV digital.

La otra posibilidad es que su gobierno no tome resoluciones sobre la agenda planteada, de tal modo que no exista sospecha alguna de posibles conflictos. Esta última alternativa sería lamentable.

La verdad es que el nuevo Presidente está metido en un zapato chino al no querer deshacerse por completo de Chilevisión, por lo cual el tema del conflicto de interés podría convertirse en su talón de Aquiles o en una telenovela de nunca terminar.



lunes, febrero 01, 2010

Por eso, reabriendo el paréntesis de lo que en verdad pasó y retirando todo lo que concedí en la discusión, me voy a celebrar el 11.

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Lo que hay que recordar el 11

Gonzalo Letelier W.

04-foto-1-autor1Las fechas del año se inventaron no sólo para saber en qué parte del año estamos, sino también para obligarnos a reflexionar regularmente sobre algunos temas. Obviamente, esos temas y sus respectivas fechas son siempre los mismos, todos los años. Parece aburrido. Pero precisamente de eso se trata: o de que son misterios que nunca se terminan de entender (y así las fiestas religiosas) o que son verdades que somos demasiado cómodos y demasiado burros para terminar de digerir.

Hace 36 años (¡un montón!) las Fuerzas Armadas de Chile detuvieron violentamente el proceso revolucionario iniciado por un gobierno marxista tres años antes. Qué pasó, cómo pasó, si pudo pasar mejor o directamente no pasar es algo que no vamos a terminar de discutir nunca. Algunos celebran, otros lloran. Se han escrito millones de columnas al respecto.

Lo que me interesa volver a presentar a la reflexión anual es un poco distinto. Me interesa volver a insistir, para que no se nos olvide más, en qué es y quiénes son de verdad estos inocentes idealistas de izquierdas que combaten por los intereses del pueblo y la realización de la democracia. No tanto los encapuchados que tiran piedras y queman fundos, que por último merecen una mínima pizca de respeto porque al menos se mojan, reciben balines de goma y pasan la noche (nada más que la noche…) en una comisaría. Esos al menos arriesgan (un poquito) el cuero. A los que hay que desenmascarar es a los revolucionarios de chaqueta y corbata, indecentes agitadores obscenamente hipócritas que predican la revolución proletaria desde sus escritorios en el mejor de los casos, desde la piscina de su casa en el barrio alto, la mayor parte de las veces.

Porque lo más grave de todo no es la inconsecuencia de lo que predican y lo que hacen, de cómo hacen vivir y cómo viven ellos (todo lo cual es ya bastante grave). Lo escandaloso es lo que realmente predican bajo la apariencia de libertad, igualdad y fraternidad. Lo realmente gravísimo es que, a pesar de lo que piensan públicamente, se les considera respetables e incluso se les rinde homenaje como víctimas todos los días. Como si ser socialista diera lo mismo, como si fuera tan lícito como ser del Huachipato.

04-foto-21Vamos al punto: nos han convencido de que el socialismo marxista es una fuerza política, de que es un partido político, de que es parte de lo que, bien o mal, llamamos sistema democrático. Y es mentira. Es un movimiento revolucionario. Y lo peor es que no lo niegan. Pero sucede que “una revolución es la cosa más autoritaria que exista, es el acto por el cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte a través de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios si los hay: y el partido victorioso, si no quiere haber combatido en vano, debe continuar este dominio mediante el terror”. Y esto lo dice Marx. Y es lo que dicen los marxistas aunque no lo digan, obvio. Y lo van a seguir diciendo mientras no se desdigan.

La cuestión central es que tenemos que empezar por elegir el campo de batalla de la discusión. Basta ya de discutir sobre si el pronunciamiento sí o el golpe no, sobre si el gobierno militar sí o la dictadura no, sobre si el libre mercado sí o el neoliberalismo despiadado no. Basta, no porque no sea importante, sino porque si discutimos sólo eso, concedemos la tesis fundamental: que estamos hablando en igualdad de condiciones, que ambos son interlocutores válidos, que el revolucionario es uno a quien vale la pena sentarse a escuchar. Y eso es mentira, es la gran mentira del socialismo.

Concedamos que el liberalismo económico es una canallada. Después de todo, no es tan difícil concederlo. Concedamos, con más esfuerzo, todo lo que se quiera sobre el 11 de septiembre y el gobierno militar. Concedamos incluso que la policía es terrorismo de Estado y que los atentados mapuche son sólo un acto de defensa de los oprimidos. Olvidemos por un minuto los millones de víctimas del comunismo, abstraigamos que jamás un país realmente socialista ha progresado económicamente. Hagamos cuenta de que nada de esto es realmente así. Sigue siendo verdad que no ha habido de la historia de la humanidad movimiento más represivo que el socialismo. No importa con qué lo comparemos. Es cierto que el capitalismo ha explotado y reducido a la miseria a millones; es cierto que ha causado y sigue causando injusticias sociales que claman al cielo. Pero, pese a todo, subsiste una diferencia fundamental: al burgués capitalista, al empresario explotador, al aparato estatal represivo con sus “terroristas de Estado” (léase, los carabineros), les da exactamente lo mismo lo que piense el proletario explotado mientras siga trabajando y no cause desórdenes. Y si, por esas casualidades de la vida, resulta que está contento y vive bien, que forma una familia y puede comprar algunas cosas, que tiene sus creencias y principios, bien por él. En verdad, da lo mismo. Mientras produzca riquezas, muchas riquezas, todo bien.

04-foto-3El socialista, en cambio, es uno que te quita todo lo que tienes (propiedades, familia, tradición, historia, principios morales, identidad…) y te reduce a la miseria, a una absoluta miseria material y moral; te vigila en cada paso, te censura hasta los chismes del barrio, te dice qué pensar y qué querer, te pone una bayoneta en la espalda y finalmente, después de todo eso, pretende que le des las gracias. Y si no le das las gracias… ya se las darás. Porque hay modos extremadamente persuasivos para hacerte entender que vives en el paraíso terrenal aunque no te des cuenta. Por eso, un Chávez, un Morales, Correa o Allende, no hacen campaña electoral, sino que muestran la verdad a las masas; no censuran, purifican; no intervienen la economía, fomentan el progreso; no reprimen, nos liberan hasta de nosotros mismos.

El socialismo marxista es la peor de las ideologías porque no sólo está convencido de tener razón, sino que además exige por la fuerza que todos lo reconozcan. Mientras no tienen esa fuerza, dialogan; apenas la adquieren, y en la medida en que la tengan, proceden inmediatamente a “liberarnos”.

Por eso, reabriendo el paréntesis de lo que en verdad pasó y retirando todo lo que concedí en la discusión, me voy a celebrar el 11.


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