sábado, mayo 29, 2010

Privilegios auto concedidos por Garzón.

(Historia de un Juez corrupto y prevaricador,
para nosotros su lugar está en prisión)


Privilegios auto concedidos por Garzón.


Hay sujetos a los que la soberbia y los afanes de figuración les llevan a cometer errores fatales que además de desprestigiarles personalmente ridiculizan las causas que dicen defender, ese es a nuestro parecer el caso del Juez español Baltasar Garzón que por actos propios se encuentra encausado por acusaciones múltiples.

Curioso, por lo menos para los legos en materias Legales, nos resulta que el Magistrado, por sí y ante sí haya decidido ponerse por sobre las Leyes, quizás olvidando que el fundamento primordial del sistema democrático es que ante la Ley todos somos iguales y debemos responder ante ella cuándo nos apartamos de su imperio socializador.

No nos detendremos en el proceso que intentó seguir contra el franquismo, porque a lo menos lo consideramos extemporáneo, ni tampoco analizaremos el juicio que se le sigue por escuchas ilegales indiscriminadas a los supuestos involucrados en un aparente juicio por corruptela política, donde inclusive llegó a espiar las llamadas telefónicas de los abogados defensores.

Lo que si consideraremos es la acusación por prevaricación y cohecho que se le hace porque después de haberle pedido a un Banco 302 mil dólares para financiar cursos dictados por el en Estados Unidos, para después de aquello recibir una demanda contra su banco “benefactor” no se inhibió de la causa y la falló favorablemente a sus amigos.

Ante una situación como la comentada, el Juez no solo debió ser amonestado y apartado de la Judicatura, se le debió haber procesado con el rigor con que se debe sancionar a quienes deben impartir Justicia y mañosamente se apartan de la decente práctica de esas funciones, a nuestro parecer Garzón debió haber sido encarcelado.

No bastó al Juez pasar por sobre las Leyes adjudicándose potestades de las que carecía, no fue suficiente que actuara ilegalmente como espía en un caso que afectaba a los que considera sus adversarios, siguió tentando la suerte y se convirtió en un corrupto que obtuvo beneficios a cambio de fallar a favor de sus poderosos financistas.

El hecho que hoy esté de “asesor” del Tribunal Internacional de La Haya solo puede demostrarnos la fuerza de la izquierda mundial, sin olvidar que fue Parlamentario socialista, para proteger a personajes, que, aunque sean unos sinvergüenzas son funcionales a los planes de esas internacionales en su intento por subyugar al mundo.


miércoles, mayo 19, 2010

El precio del miedo, por Alberto Medina Méndez.


El precio del miedo,

por Alberto Medina Méndez.

Mucho de lo que nos pasa tiene que ver con lo que hacemos, o dejamos de hacer. La clásica explicación del destino o de la mala fortuna ya no resulta suficiente. Los regímenes que padecemos, los sistemas que parecen aplastarnos, en realidad solo son la predecible consecuencia que surge de nuestras propias acciones y omisiones.

Los que pretenden decidir por nosotros no son ni mejores, ni peores. Solo se trata de gente común, pero que ha entendido la dinámica sociológica mucho mejor que el resto. Ellos saben que frente a su determinación y osadía, esta la apatía de los más y el temor del resto de la sociedad. Siguen avanzando sin miramientos, porque saben que del otro lado, los espera la abulia, la pereza y la queja inconducente de la retórica descartable.

Mientras muchos cacarean, los detentadores del poder acometen sin vacilar, con los objetivos claros y un plan que se cumple paso a paso. Y no es que tengan razón, ni siquiera que sus fines sean los adecuados. Solo se trata de personajes que han entendido mejor los sucesos de estos tiempos y que hacen uso ( y abuso ) de ese esquema que les resulta funcionalmente conveniente. El comportamiento del resto de la comunidad, no hace más que abonar a sus propósitos y facilitarles el logro de lo que se han planteado.

Muchos individuos dicen no interesarse por la política, ni por nada que tenga que ver con ello. Tal vez creen que no les impactará de modo alguno, y hasta se enorgullecen de su indiferencia como si esta fuera una virtud de la cual ufanarse. Algunos dicen que les preocupa, pero que sus múltiples actividades les impiden asignarle tiempo, mientras que otros aducen que se animarían, pero que tienen temor a las represalias del poder.

Los más, solo acumulan excusas para justificarse y mantenerse allí en el cálido ámbito de sus propias comodidades. El rol de víctimas de los políticos, de la cultura, de las corporaciones y de nuestra propia sociedad, no nos queda nada bien. Es en definitiva una muy simplista interpretación de la realidad, plagada de una excesiva benevolencia para con nosotros mismos. Se trata de una mirada poco autocrítica, sobre la parte que nos toca en suerte y las responsabilidades que se derivan de ella.

Y no es que todos debieran dedicarse a la política, tal cual la concibe la mayoría. Porque no solo es política esa actividad que tiene que ver con los partidos, las elecciones y el sistema democrático tradicional. Es mucho más simple y cotidiano al mismo tiempo.

Cada uno de nosotros participa de algún modo en diversos ámbitos. En el trabajo, como parte de una actividad empresaria, profesional, o esa que proviene del ejercicio de un oficio o empleo. Todas ellas suponen algún grado de interrelación que nos vincula con colegas, clientes o proveedores. De uno u otro modo, estamos conectados y eso en si mismo genera un compromiso, al menos sectorial. La vida en comunidad, la del barrio, la del club, la del credo religioso o cualquier otro espacio donde compartimos con otros ciudadanos algo en común, es solo otra muestra más de lo tanto que nos necesitamos.

Nuestra falta de involucramiento en entornos hasta domésticos, nos ha colocado en la situación presente. Tenemos lo que tenemos, porque hacemos lo que hacemos. Las justificaciones están a la orden del día. Seguramente abundarán las explicaciones más o menos convincentes que respaldan nuestro propio letargo e inacción.

Ellos, los que entienden la partitura, la música de este concierto, quienes asumen el poder como parte inseparable de sus vidas cotidianas, siguen ejerciendo el mando como si nada hubiera cambiado, ante nuestra timorata complacencia ciudadana.

Los que se escudan en el miedo, siguen construyendo un fantasma que funciona casi como un espejo. Es que el temor paraliza y vuelve a los humanos las más dóciles criaturas del Universo. Los pueblos que ejercen estas prácticas, han logrado altísimos niveles de sumisión popular. Ese recorrido, en estos tiempos, ya no viene de la mano de las revoluciones violentas, sino de las consecutivas batallas perdidas por la libertad.

El “supra argumento” del bien común, se ha constituido en la herramienta mas efectiva para anular las libertades individuales una a una. Viene siendo el camino elegido por los perversos de siempre que pretenden conducirnos plácidamente hacia el totalitarismo.

Nuestro continente recorre lenta pero decididamente ese sendero, el de suprimir las libertades progresivamente. Ese proceso está orientado por inescrupulosos, pero inteligentes lideres que interpretan acabadamente la mecánica con la que funciona una sociedad rodeada de prejuicios, falsas creencias y viejos paradigmas. El mayor de ellos, el temor al poder, el miedo a la represalia, la cobardía frente a la venganza.

Ellos lo saben y juegan con atemorizar, con asustar, con confrontar hasta el punto de disponer de sus propios escuadrones de milicias civiles violentas, capaces de intimidar con la fuerza física y sus modernas técnicas disuasivas, a los más audaces.

De ese modo, pretenden mantener disciplinada a una sociedad que no debe dar pasos para quedarse allí, siempre a mitad de camino, masticando bronca y destilando impotencia, pero jamás dispuesta a dar el imprescindible paso siguiente, ese que produce el cambio tan ansiado.

Ellos saben que el temor está presente y trabajan en esa línea para fortalecer esa sensación, alardeando de los recursos disponibles. Pero la realidad es que ellos también tienen miedo. Algún día, cuando se hayan desnudado muchas de sus mentiras, los ciudadanos nos despabilaremos de este largo sueño, para tomar ese coraje hoy ausente y animarnos a más. Ese día, sus ardides y hasta su supuesto poder, ya no serán suficiente.

Mientras, seguirán haciendo de las suyas. Hasta tanto no despertemos y sigamos fabricando leyendas alrededor de las temibles consecuencias que pagaremos por asumir responsabilidades cívicas, no podremos convertirnos en ciudadanos con mayúsculas. Pero todo esto no será gratis, porque seguiremos pagando el “precio del miedo”.


Nota de la redacción::

Nos hemos sentido completamente identificados por la columna de nuestro amigo, de Corrientes, Argentina, con esta nota que parece referirse a la abulia con que los chilenos hemos aceptado que se falsee nuestra historia y con los temores que demostramos para defender a aquellos que nos legaron la democracia y recuperaron nuestras libertades.


jueves, mayo 13, 2010

La radiografía, por Max Colodro.


La radiografía,

por Max Colodro.

Era inevitable: más temprano que tarde algún integrante del núcleo histórico de la Concertación abriría los fuegos respecto a las causas de la derrota, trizando el mutismo de las filas y poniendo los dedos sobre las llagas. Era algo necesario y tendrá sin duda efectos positivos, más allá de si se comparten o no muchas de las tesis y diagnósticos puestos en circulación por Eugenio Tironi. El estruendo y las réplicas han sido grandes y lo serán aún más, ya que su autor no sólo ha sido parte del ethos concertacionista durante más de veinte años, uno de sus principales referentes intelectuales, sino porque, también, le tocó jugar un papel gravitante en el diseño y el despliegue de una campaña que terminó estrellándose contra el muro de una derrota sin bemoles.

Empieza a quebrarse el pacto de silencio; cae el telón de los eufemismos. Queda atrás el eco de ese ridículo cónclave realizado en abril, donde nadie estuvo dispuesto a iniciar la autocrítica pura y dura. Hoy, y al margen de cualquier otra intención que se le asigne, Tironi mueve el piso y lo hace poniendo en tela de juicio aspectos fundamentales: la calidad y pertinencia de Eduardo Frei como candidato; el rol y la responsabilidad de la ex Presidenta Bachelet en el fracaso de su coalición; la «lectura equivocada» que se tuvo del fenómeno ME-O y de sus consecuencia y, por último, la incapacidad de la Concertación para entender la naturaleza de los cambios que había vivido el país en los últimos años.

Ahí están precisamente muchas de las claves de la derrota, aunque no todas. Es cierto que Frei era un mal candidato, que representaba mucho más al pasado que al futuro. Es cierto que la Concertación realizó unas primarias vergonzosas, que cerró las puertas al debate y a la competencia, especialmente, de la generación de recambio. Es cierto que Bachelet y su gobierno tuvieron una responsabilidad enorme al dinamitar buena parte de la gestión de su antecesor, sin la más mínima lealtad y compromiso con la «obra» de la Concertación. Es verdad que no se entendió nada de lo que representó la irrupción de Marco y que el comando de Frei se vio atrapado por la fuerza de un tsunami electoral incontrarrestable. Es cierto, por último, que no fueron capaces de entender la profundidad de los cambios en la sociedad chilena y que siguieron hablándole a la gente de un país que ya no existía. Todo eso es verdad, pero falta sin duda algo más: las causas de fondo que explican toda esa «sintomatología». Eugenio Tironi ha dicho en estos días que la principal razón de la derrota tiene nombre y apellido: Marco Enríquez. En eso, al menos, se equivoca: la principal causa del fracaso electoral fue la propia Concertación.

Fue la Concertación la que no quiso «leer» ni hacerse cargo de la naturaleza de su propio desgaste; la que llevaba más de una década perdiendo votos y no estuvo dispuesta a indagar en las causas. En las elecciones de alcalde del 2008 perdió casi todas las ciudades y comunas importantes, pero prefirió sacar cuentas alegres con el gran arrastre de votos que generaron las dos listas de concejales. Estuvieron tres años esperando que Lagos e Insulza se decidieran, y no promovieron ningún liderazgo nuevo, joven, sintonizado con el país emergente. Ingenuamente se aferraron a la popularidad de la ex Presidenta, soñando con que, tarde o temprano, dicha popularidad sería un factor electoral gravitante. Impusieron a un candidato débil de la peor manera posible y después exigieron «lealtad» e «incondicionalidad» frente a hechos consumados. Decidieron hacerle la guerra a Marco, ahondar todas las tensiones posibles, para generar un abismo que impidiera todo acercamiento en segunda vuelta. Se dirá que, al menos en ese punto, los que estuvimos con Marco también tenemos una gran responsabilidad: obvio que la tenemos, pero la Concertación no puede simplemente escupir al cielo y culpar al empedrado.

Correcta o incorrectamente, con ética o sin ella, Eugenio Tironi abrió las puertas de un debate imprescindible, una oportunidad que la centro-izquierda no debiera dejar pasar.


martes, mayo 11, 2010

Dolores de ajuste en Europa, por Alejandro Ferreiro.




Dolores de ajuste en Europa,

por Alejandro Ferreiro.


Noche agitada en Bruselas la de ayer. En maratónica sesión, los ministros de finanzas de los 27 países de la Unión Europea buscaban la forma de proteger a los países más frágiles del bloque de la creciente desconfianza manifestada en los mercados de deuda pública acerca de su capacidad de honrar sus obligaciones. La urgencia del rescate no surge solo, ni primeramente, por solidaridad frente a las economías más aproblemadas de Portugal, Irlanda, España y, por cierto, Grecia. Lo que verdaderamente parecía en juego era la estabilidad y sobrevivencia del euro junto al considerable riesgo de arrastrar al continente europeo a un segundo impacto recesivo de impredecibles consecuencias económicas, sociales y políticas. En la madrugada de este lunes, los líderes de las economías de Europa acordaron un paquete de ayuda de hasta 720 mil millones de euros. Garantías entre estados, préstamos de emergencia administrados por la Comisión Europea (especie de poder ejecutivo de la UE) y un incremento del apoyo del FMI forman el nuevo instrumental de ayuda que marca la principal reforma al sistema monetario europeo desde la creación del euro en 1999.


La urgencia de acordar algo contundente y tranquilizador un domingo en la noche buscaba evitar que la desconfianza en las finanzas europeas se tradujera en un colapso bursátil el lunes por la mañana que hiciera más costoso aún, si no imposible, el rescate del euro. Al menos, por el momento, el objetivo se ha logrado. Las bolsas asiáticas, europeas y americanas han reaccionado con optimismo y fuertes alzas, revelando que el plan de “blindaje europeo” se percibe creíble y suficiente.


Pero si la Unión Europea logra evitar el colapso de su moneda y el de sus países miembros más endeudados y dependientes del capital extranjero, nada podrá evitarle el sufrimiento del ajuste. Buena parte del debate nocturno en Bruselas apuntó a la necesidad de sacrificios adicionales en el presupuesto fiscal en Portugal y España, cuyos déficits bordearon el 13% el año pasado. Ya la calle y las encuestas se han opuesto al draconiano, aunque inevitable, plan de ajuste griego. Nada de popular resulta el congelamiento de salarios públicos, el despido probable de cerca de 100.000 funcionarios y el aumento de la edad de jubilación anunciado en Atenas.


El Estado de bienestar europeo enfrentará su mayor desafío en décadas. Un continente aún convaleciente por la crisis mundial deberá retirar aceleradamente el estímulo del gasto público para evitar una crisis de deuda. Un ajuste fiscal sobre economías débiles dañará aún más el crecimiento y el empleo. La estabilidad política de los gobiernos será sometida a prueba, como también la vocación europeísta de las naciones que, sumidas en la recesión, sufrirán como nunca los costos de carecer de autonomía para ajustar tasas de interés o devaluar sus monedas. La unidad monetaria europea funciona bien en tiempos de bonanza –y de hecho contribuyó a alcanzarlos– pero resulta rígida y costosa cuando se trata de administrar las crisis económicas. Los ajustes, en este escenario, sólo pueden darse a nivel del gasto público y la productividad. Costosos efectos en el nivel de empleo y de salarios serán parte del escenario previsible. Estos sacrificios no son fáciles de hacer en democracia. Tiempos difíciles para los liderazgos políticos del viejo continente: será la hora de distribuir sacrificios y concentrarse en las responsabilidades cívicas, más que en la expansión de los derechos que ha caracterizado a la política europea en las últimas décadas.


Buena parte de Europa deberá enfrentar algo que en Chile no conocemos desde hace casi medio siglo. Debemos remontarnos al período de Jorge Alessandri después del terremoto de Chillán para encontrar el último caso de ajuste fiscal de cierta importancia en democracia. Desde entonces, la democracia chilena ha convivido sistemáticamente con aumentos anuales en los niveles de gasto público. Los ajustes fiscales significativos de las últimas décadas fueron aplicados en el gobierno de Pinochet.


Presumo que no sería nada de fácil para un gobierno democrático, especialmente a la luz de la fascinación que producen las encuestas, aplicar un ajuste fiscal en Chile de la envergadura de los que hoy resultan inevitables en varios países europeos. Siempre habría buenas razones para dejar al próximo gobierno la aplicación de los sacrificios impopulares. Razón adicional para aquilatar las fortalezas fiscales construidas en este país en los últimos años. A la responsabilidad fiscal impulsada por los gobiernos concertacionistas, debe agregarse un sistema de pensiones autofinanciado en el que las variables principales se ajustan mediante decisiones individuales que no afectan mayormente el tesoro público. Cuando Europa se ve enfrentada a la necesidad, tan impopular como impostergable, de aumentar la edad de jubilación o disminuir el monto de las pensiones, cobra relevancia la característica del sistema chileno que entrega a cada persona, la ponderación de los costos y beneficios de elegir cuánto cotizar y cuándo jubilarse.


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