sábado, julio 31, 2010

La bomba de WikiLeaks, por Raúl Sohr.


La bomba de WikiLeaks,

por Raúl Sohr.

El torrente de documentos secretos del Pentágono, filtrados por WikiLeaks, aumenta las ya serias dudas sobre la guerra que EEUU libra en Afganistán. Unos 92 mil documentos sobre órdenes, operaciones e incidentes ocurridos entre 2004 y 2009, dan una imagen de confusión y violación de los convenios internacionales que rigen los conflictos. La conclusión del cúmulo de material reservado que ha salido a la luz es que Washington, y sus aliados occidentales, están muy lejos de la victoria.


Las tropas norteamericanas cumplen una rotación constante en el país asiático. Los talibanes, en cambio, combaten por su país, donde el territorio y el clima hostil son sus mejores aliados. Desde que Afganistán fue invadido, en octubre de 2001, los guerrilleros fundamentalistas saben que para ellos no ser derrotados equivale a vencer. Tarde o temprano sus enemigos deberán abandonar el país. Ya han pasado nueve años y cada uno de los países que combate busca el retiro de sus tropas. Este mes ha marcado el récord de bajas estadounidenses.


Las guerras se libran en varios planos. Uno es el de los campos de batalla y otro, tan decisivo como el anterior en las naciones democráticas, es la voluntad de los pueblos por llevar adelante la lucha. Es en este último nivel donde las filtraciones de WikiLeaks son decisivas. Las revelaciones sobre la ambigüedad del gobierno paquistaní irritarán a muchos norteamericanos. Islamabad recibe una importante ayuda de Washington. Entre tanto, según la documentación, el poderoso servicio de inteligencia paquistaní, el ISI, brinda respaldo a los talibanes.


El gobierno de Islamabad necesita el apoyo de EEUU, pero a su vez sabe que los talibanes, con toda probabilidad, serán gobierno o formarán parte de una coalición que regirá Afganistán. En la capital de Pakistán recuerdan la experiencia de la lucha contra los soviéticos para expulsarlos de Afganistán. Lograda la meta, en 1989, Washington olvidó por completo la región. Lo mismo podría ocurrir ahora y los paquistaníes no quieren enfrentarse con los talibanes como enemigos.


Una de las revelaciones más serias que emerge de los documentos dados a conocer por WikiLeaks, es la existencia de la Fuerza de Tareas 373 (FT 373) cuya existencia era mantenida bajo celoso secreto. Se trata de fuerzas especiales para asesinar enemigos que figuran en listas confeccionadas por el Pentágono. Una cosa es matar en combate y otra eliminar a enemigos que pudieron ser apresados.


Hasta ahora se señalaba que la unidad cumplía misiones de reconocimiento y arrestaba a elementos enemigos. Pero de cientos de documentos queda claro que en muchos casos es una cacería que culmina con la muerte deliberada del perseguido. La lista de la muerte, como es típico en el ámbito castrense, tiene un nombre anodino e incomprensible: Lista Conjunta de Efectos Priorizados. Ella incluye fabricantes de bombas, la jefatura talibana y, por supuesto, los sospechosos de pertenecer a Al Qaeda. No hay cifras precisas sobre cuántos nombres contiene la lista, pero ésta supera los cuatro dígitos.


En uno de los documentos se señala que una unidad de la FT 373 mató a una oncena de insurgentes y a un civil. No se entregan detalles sobre los motivos por los que fueron ultimados. No existe verificación alguna sobre si, en efecto, eran insurgentes ni si no había más opción que matarlos. No se necesita un curso en contrainsurgencia para saber que se predica con el ejemplo. Si las fuerzas que se autoproclaman de una civilización más avanzada recurren al asesinato, ¿por qué no habrían de hacerlo otros?


Un general norteamericano tras otro han reiterado que no se debe matar o herir a inocentes. Porque ello, como es del más elemental sentido común, indigna a la población nativa. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho.



martes, julio 27, 2010

Sucedió lo que Tenía que Suceder, por Hermógenes Pérez de Arce Ibieta.


Sucedió lo que Tenía que Suceder,

por Hermógenes Pérez de Arce Ibieta.


Desde hace tiempo he venido anticipando que no habría perdón para los presos políticos uniformados. (Son tales porque están privados de libertad con desconocimiento de las leyes y sólo por razones políticas). Los uniformados en retiro habían creído entender a Sebastián Piñera, como candidato, que velaría por el respeto a las leyes para sus camaradas. En consecuencia, pensaron que haría cuanto estuviera en su mano por revertir las sentencias ilegales de los jueces que los han mandado a presidio. Una de las vías que tenía para cumplir su promesa era el indulto. Pero pensar que Sebastián Piñera iba a disgustar a la extrema izquierda y a la Concertación para cumplir una promesa electoral equivalía a no conocerlo. De hecho, apenas asumió, denegó el indulto al general (r) Odlanier Mena, ilegalmente condenado, octogenario, enfermo y, por añadidura, inocente, como lo acaba de reconocer una de sus supuestas víctimas (ver mi blog del día 23).


Como era de esperarse, en un país de opinión pública tan rudimentaria como la nuestra, que se "traga" cualquier cosa, el Presidente anunció hoy que no indultaría a reos de delitos de "lesa humanidad", en medio del aplauso de la izquierda. Eso, en lenguaje chileno (equivocado, pero es el que casi todos entienden) quiere decir que ningún ex uniformado será indultado. Las pocas personas que tienen algún conocimiento de derecho (lo que excluye a la casi totalidad de los "lìderes de opinión", a todo el Episcopado y a la mayor parte de los abogados), saben que no hay en Chile ningún preso por "delitos de lesa humanidad", porque la ley que los tipificó se dictó hace sólo un año y no se registra desde entonces ninguno de tales delitos. Y la misma ley se encarga de precisar que sólo regirá hacia lo futuro, cosa innecesaria, porque la Constitución lo dice y en el mundo civilizado las leyes penales no pueden tener efecto retroactivo.


Pero, en medio de la ignorancia general, cuando se habla de reos por delitos de lesa humanidad, se entiende entre nosotros que (como vivimos en el error) se hace referencia a los ex uniformados presos. De modo que el Presidente ha hecho una aseveración equivocada fundado en un conocimiento legal equivocado, con lo cual se ha ganado el aplauso de una gran mayoría de chilenos equivocados, Lo están gracias a un proceso de lavado cerebral masivo, constante e indiscriminado llevado a cabo durante veinte años.


Los autores del mismo, como Ricardo Lagos Escobar, tienen tan mal concepto acerca del entendimiento de nuestra opinión pública que se dan el lujo de reírse de ella en sus narices, como cuando el antedicho Lagos indultó a Manuel Contreras Donayre, uno de los condenados por el supuesto "delito de lesa humanidad" de asesinar a Tucapel Jiménez. Con eso Lagos dejó en claro, uno, que dicho delito no era de esa índole; y dos, que, siéndolo o no, era perfectamente indultable.


Piñera, con ese solo fundamento, podría hacer lo mismo, pero, primero, carece del coraje político de Lagos y, segundo, le tiene mucho más miedo que éste a la extrema izquierda. Tanto que ni siquiera se atrevió a indultar a un general inocente, octogenario y enfermo.


Resumen: en derecho, no se ha cometido en Chile ningún delito de lesa humanidad; pero, como estamos en Chile, donde, respecto de los uniformados, no existe el estado de derecho, hay personas presas por esos delitos; y aunque, por consiguiente, están ilegalmente presas y se justificaría a su respecto el indulto, el Presidente no se atreverá a indultarlas ni a cumplir su promesa de velar porque las leyes se aplicaran a los ex uniformados presos.


Como conozco bien a Chile y mejor a Piñera, yo anticipé que todo esto iba a suceder y lamento comprobar que tenía toda la razón.

jueves, julio 15, 2010

Deuda histórica de los profesores, por Mario Montes


Deuda histórica de los profesores,

por Mario Montes.


Los reclamos de los maestros no dejan de ser razonables, es cierto que el país tiene una deuda histórica con ellos, motivada por la Municipalización de la educación, también es cierto que los Gobiernos de la concertación, entre promesa y promesa dilataron la resolución del tema hasta que se llegara a una situación de prescripción de la deuda.

Resulta indiscutible que durante muchos años los “maestros” han sido vilmente remunerados por su trabajo, que se les ha quitado todas las herramientas para lograr el cometido en las salas de clase, que sus condiciones de trabajo, en general, no son buenas y que son mal mirados por parte importante de la sociedad.

Pero, siendo verídico todo lo anterior, los docentes tienen también una gigantesca deuda con el país al no entregar una educación de calidad a los niños que deben preparar para ser las generaciones de relevo o por sus intentos por politizar la educación, lo que les ha hecho perder el respeto de la ciudadanía.

La profesión docente debe ser elevada a un rango superior, son los formadores, o deben ser los formadores, de los Gobernantes del futuro, pero, para llegara a eso es imprescindible que sean permanentemente evaluados y se capaciten para estar a la altura de las enseñanzas que el país requiere en estos tiempos, en lo que actualmente son claramente deficitarios.

Es cierto que hay profesores extraordinarios, con un espíritu y vocación formadora maravillosa, posiblemente no sean solo casos excepcionales, pero, las marañas legales con que se han defendido los malos profesionales no permiten distinguir a estos verdaderos apóstoles de la pedagogía de una masa mal formada o simplemente deformada.


viernes, julio 09, 2010

De la obstinación a la conversión, por Alberto Medina Méndez.


De la obstinación a la conversión,
por Alberto Medina Méndez.


En el debate ciudadano y no solo en la tribuna política, se presentan a diario discusiones que muestran dos visiones sobre la misma temática. Los circunstanciales protagonistas del debate se esmeran en aportar argumentos que mejoren su posición relativa con el objetivo de reforzar su propia mirada. También los mueve el desafiante estímulo de obtener del otro lado una claudicación, un reconocimiento de la razón ajena, un signo de debilidad que muestre como se derrumba el andamiaje original.


En ese encuentro de ideas, en esa confrontación, algunos recurrirán al mas bajo de los recursos, la descalificación, la ironía, la chicana, el golpe bajo en lo dialéctico y hasta la ofensa como metodología sistemática. Todos esos mecanismos apuntan a sacar de foco al contrincante, llevarlo a perder los estribos, alejarlo de la racionalidad para que termine devolviendo con idéntica moneda cada exabrupto recibido.


Otros recorrerán el camino, aparentemente interminable, de alargar la discusión hasta el cansancio, presentando una premisa diferente por cada explicación ofrecida por el interlocutor de turno. Por momentos, esa dinámica parecerá inagotable y hasta es probable que alguno decida abandonar la controversia afirmando que no vale la pena, que nada cambiará su visión o simplemente se rendirá bajo los influjos del agotador esfuerzo intelectual de pensar una razón diferente para cada mirada opuesta.


Algunos mostrarán su más obcecada postura, esa que da vueltas y vueltas sobre lo mismo, sin dar el brazo a torcer. Se trata de la terquedad propia del orgullo de quien intentará ofrecer fundamentos hasta que estos se agoten y entonces apelará al artilugio de patear la pelota afuera, cambiar el eje de la polémica o solo recurrir a retorcidas comparaciones que hagan de su tesis solo la menos mala y no la mejor.


Para lo funesto buscará atenuantes, justificaciones y afirmará que otros también lo hicieron, que muchos lo siguen haciendo y hasta dirá que en otras sociedades ejemplares esa dinámica sigue vigente y nadie las cuestiona. Cualquier testimonio servirá para ese instante tenso de la apasionada discusión. Casi cualquier subterfugio será de utilidad para superar la incomoda situación. Pero en el fondo de todo intercambio subyace lo que ese individuo ha recogido íntimamente, eso que no aceptará en público, pero que empieza a hacerle ruido, a generarle un fastidio que aun no puede explicar en palabras.


No lo puede explicitar tan claramente. Hacerlo implicaría admitir que su circunstancial dialoguista tenía razón, o incluso aceptar cierta duda acerca de que eventualmente podría tenerla. Su amor propio no le permitirá ese reconocimiento público, pero en su fuero más íntimo, algunas cosas empiezan a no convencerlo del todo.

Esa sucesión de dudas, de razonable vacilación, de titubeo en el análisis, producto de la honestidad intelectual de este protagonista de la historia, empieza a socavar las profundas raíces que sostenían todo su armazón argumental. Es justamente ese proceso el que lo llevará, desde su aparente fanatismo actual a enrolarse en las filas opuestas. Y habrá que decir que nada existe de malo en cambiar de opinión. Muy por el contrario, muestra la capacidad de evolucionar del ser humano, su increíble habilidad para asumir el error y superarse a si mismo, encontrando nuevas respuestas a viejos dilemas.


La mutación en las ideas es saludable y no debería ser criticada, pues muestra una faceta muy humana. Ninguno de nosotros puede afirmar que siempre ha pensado lo mismo acerca de todos los temas. La incorporación de información, los nuevos elementos, la profundización en el análisis, la curiosidad investigativa y sobre todo la capacidad para discernir entre una cosa y la otra, sumada a la duda que genera cualquier buen aporte, permiten que los individuos intentemos mejorar, progresar y permitirnos esos cambios de visión que tan mala prensa tienen y que tanto ayudan a que la especie evolucione.


Seguramente estarán los más tozudos, los hay más tercos y obcecados. Los procesos en ellos no llegarán nunca, o simplemente serán más lentos. El debate sirve, la discusión ayuda y hay que animarse, por estéril que parezca a veces el esfuerzo. En cada intercambio todos se enriquecen, se alimentan, se estimulan, confirmando visiones, revisando las propias, aunque sea parcialmente.


No hay que temerle a la discusión, tampoco a la posibilidad de pensar distinto respecto de nosotros mismos. Nuestra percepción actual no es la misma que la de ayer. Seguramente la del futuro, también se modificará respecto de la de hoy.


Por impermeable que parezcamos, todo lo que nos llega se suma a nuestro bagaje de conocimientos. Algunas ideas fortalecerán las propias, aportarán motivos adicionales para sostener lo que afirmamos, servirán como demostración práctica de que teníamos razón. Las piezas del rompecabezas que no encastran quedarán dando vueltas, justamente porque no encajan y porque su existencia pretende relativizar nuestras consistentes afirmaciones cotidianas. Por mucho que deseemos ignorarlos, esos ingredientes, deberán finalmente encontrar su espacio. Podrán ser desoídos por un tiempo, pero en algún momento, tendremos que asignarle un lugar y allí estarán esperando su turno para darnos la completitud pendiente.


Esto explica porque quienes hasta hace algunos años eran defensores acérrimos de ciertos personajes, están hoy en la vereda de enfrente sin que hayamos percibido el momento exacto en el que cruzaron la calle. Frente al planteo concreto, ellos no contemplan la posibilidad de admitir que antes decían esto y ahora dicen lo contrario. Tal vez, aceptarlo hiera su orgullo. Pocos son los que tienen la valentía, la honestidad intelectual, de decir ME EQUIVOQUE Y MUCHO. Probablemente lo importante no sea reconocerlo en forma pública, sino aceptarlo íntimamente en ese prolongado proceso que recorre el converso y que luego lo hace un amplio conocedor de su nueva posición a partir de sus visiones del pasado.


Ha llegado allí después de un prolongado peregrinar, plagado de frustraciones, repleto de desilusiones, teorías derrumbadas, refutaciones permanentes y fundamentalmente de interminables confusiones que fueron minando su viejo sistema de ideas.


Importa no perder el norte cuando discutimos lo cotidiano. A mucha gente le resulta incomodo observar como su construcción intelectual empieza a erosionarse. Resulta molesto visualizar que, aquellos a los que se defendió, no son lo que parecían y que una nueva decepción se avecina, como tantas otras, abriéndose pasos a regañadientes.


Ese empecinamiento inquebrantable, esa terquedad inexpugnable, es solo un síntoma, solo una parte, la más visible de un proceso que va por dentro, que es lento, evolutivo, progresivo. Algunos jamás cerrarán el círculo y sus inconsistencias permanecerán por siempre. Otros, los más valientes, los que realmente son capaces de intentar la búsqueda de la verdad con una apertura mental ejercida y no recitada, los que se animen a ensamblar las piezas sueltas sin cegarse, aceptando nuevas ideas y asumiendo con hidalguía los errores del pasado, recorrerán ese camino de la obstinación a la conversión.



Alberto Medina Méndez
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