martes, agosto 31, 2010

Excesos del Tribunal Constitucional Pablo Rodríguez Grez.


Excesos del Tribunal Constitucional

Pablo Rodríguez Grez, Decano Facultad de Derecho,

Universidad del Desarrollo.

Nadie podría negar que el Tribunal Constitucional, especialmente a partir del año 2005, ha elaborado una renovada jurisprudencia, transformándose en firme custodio del principio de "supremacía constitucional". El recurso de inaplicabilidad que hace posible, en una determinada gestión judicial, evitar que ella se resuelva en virtud de una ley que contraviene la Carta Fundamental, experimenta, día a día, un crecimiento sostenido. Lo anterior porque mientras este recurso fue de competencia de la Corte Suprema, perdió eficacia, sea por razones meramente procedimentales o por un mal entendido rigor jurídico a la hora de calificar la función de los poderes co-legisladores.

La Ley N° 20.050, que modificó la Constitución el año 2005, despejó otro problema anexo a los efectos del "recurso de inaplicabilidad": la sentencia respectiva tiene -regla general- un alcance relativo, esto es, limitado sólo a las partes que intervienen en él. Fue por ello que se introdujo una "acción de inconstitucionalidad", que permite expulsar del sistema jurídico una norma cuando ella ha sido, al menos una vez, declarada inaplicable y siempre que el tribunal pronuncie el fallo por las 4/5 partes de sus integrantes. Esta acción (no recurso) es popular (puede deducirla cualquier persona, sin necesidad de invocar una gestión pendiente) y sin perjuicio de que sea el propio Tribunal Constitucional el que se avoque de oficio esta materia.

Creemos, no obstante, que, en este contexto, se ha incurrido en un exceso impropio. Estima el Tribunal Constitucional que el recurso de inaplicabilidad obliga a un examen " in concreto " de constitucionalidad, lo que implica decidir sobre su aplicación, vale decir, escoger, entre varias interpretaciones posibles de la norma, cuál de ellas produce efectos contrarios a la Carta Fundamental. De lo anterior se sigue que la contradicción entre la norma legal y el precepto constitucional dependerá del sentido y alcance que esa magistratura dé al precepto objeto de reproche. Ocurre, no obstante, que esta cuestión es de competencia exclusiva del juez y que ella no es transferible al Tribunal Constitucional. Por lo mismo, si entre varias interpretaciones posibles, una de éstas excluye la contradicción, la norma no puede declararse inaplicable, puesto que ésa podría ser escogida por el juez para resolver. La apreciación " in concreto " de inconstitucionalidad vulnera las atribuciones del Poder Judicial y sobrepasa el cometido de que es titular el Tribunal Constitucional. Es cierto que el texto del artículo 93 de la Carta Política alude a la inaplicabilidad "de un precepto legal cuya aplicación en cualquier gestión que se siga" resulte contraria a la Constitución. Sin embargo, ello ni remotamente lo autoriza para desplazar al juez, arrebatándole una de sus facultades esenciales (aplicar la norma por medio de la interpretación). Lo anterior, unido a la exigencia que el mismo artículo impone al recurrente de inaplicabilidad, en cuanto debe acreditar que el "precepto legal impugnado pueda resultar decisivo en la resolución del asunto", revela, claramente, que la interpretación de la norma impugnada sólo puede ser resuelta por el juez, y no por otra magistratura.

En consecuencia, sólo puede declararse inaplicable un precepto legal cuando no existe posibilidad alguna de conciliar su texto, in abstracto , con la norma constitucional. Cuando la incompatibilidad es manifiesta (apreciada como tal por 4/5 de la magistratura constitucional), procede la "acción de inconstitucionalidad" para expulsar la norma afectada del sistema y evitar una sucesión innecesaria de nuevos requerimientos de inaplicabilidad.

Finalmente, debe tenerse presente que el juez que conoce de la gestión en que incide el recurso de inaplicabilidad, debe optar siempre por aquella interpretación que mejor cuadre con el precepto constitucional, porque de este último arranca la validez de la norma legal.

Así las cosas, el Tribunal Constitucional se excede al asignarse una competencia que no le corresponde y fundar su decisión sobre el recurso de inaplicabilidad en una de varias posibles interpretaciones de la norma objeto del reproche de inconstitucionalidad.



lunes, agosto 23, 2010

El enigma del anarquismo, por Pedro Gandolfo.

El enigma del anarquismo,

por Pedro Gandolfo.

La televisión transmite la formalización que el Ministerio Público efectúa a un presunto grupo de anarquistas chilenos, responsables —según la fiscalía— de una serie de atentados con artefactos explosivos y de asociarse para ello, entre otros delitos.

Escudriño sus rostros para intentar desentrañar algún rasgo que los distinga, pero me resultan comunes y corrientes, anodinos, incluso familiares. Conozco a un par de ellos; uno, incluso, hace unos 15 años, fue mi alumno.

El anarquismo, que se configura con distintos matices en la segunda mitad del siglo XIX, es un movimiento político particularmente opaco e inasible. Recomiendo dos estudios recientes que echan alguna luz sobre su historia y pensamiento: “Los anarquistas”, de James Joll, y “El mundo que no fue”, de Alex Butterworth.

No me cabe duda, con todo, de que la versión chilena del mismo es una especie degradada, con un discurso escuálido y confuso, pobre en recursos materiales y con escasos adherentes.

El anarquista (aunque aparenten semejanzas) no es, en estricto rigor, un terrorista, ya que carece de cualquier pretensión de establecer un nuevo orden social. Aunque puede formar parte de redes mayores y actuar como “agente provocador”, su propósito suele ser gratuitamente destructivo y, en esa medida, incomprensible para sus pesquisadores. Las células están integradas por un número pequeño de personas, cuyos miembros suelen llevar una vida cotidiana normal a ojos de terceros; son seres de inteligencia más bien mediocre, de un idealismo elemental y con poca formación educacional.

Entre quienes se han dedicado a estudiar y combatir esta escurridiza amenaza, existe casi unanimidad en torno a que son algunos escritores —grandes escritores, por cierto— quienes, con su intuición y capacidad de observación, han logrado penetrar en los resortes profundos del anarquismo. Me refiero a “Los demonios”, de Fedor Dostoievski, y a “El agente secreto”, de Joseph Conrad.

Sin querer en modo alguno ser pedante, creo que sería de gran utilidad que el ministro del Interior y los fiscales (si no lo han hecho aún, desde luego) leyeran y meditaran estas grandes novelas. Me atrevería a insinuar que, más que el nihilismo metafísico de Dostoievski (que basó su narración en el caso real del anarquista revolucionario Sergei Gennádievich Necháiev, quien mató a su lugarteniente Iván Ivanovich Ivanov, por estar convencido de que era un delator), es en el anarquismo plano, doméstico, mezquino, con la sola épica grotesca de la señora Winnie Verloc, dibujado en un inusual tono de ironía y comicidad por Joseph Conrad (quien, a su vez, basó su novela en un extraño atentado contra el observatorio de Greenwich), donde se encuentran las claves para hoy y aquí.

martes, agosto 17, 2010

La jugada de Fidel Castro, por Andrés Oppenheimer.


La jugada de Fidel Castro,

por Andrés Oppenheimer.

Todo el mundo que está siguiendo las últimas noticias de Cuba se hace la misma pregunta: ¿Qué diablos está tramando Fidel Castro?


Desde el mes pasado, cuando hizo su primera aparición pública en cuatro años, el oficialmente retirado dictador cubano -que cumplió 84 años la semana pasada- no ha parado de mostrarse en público y acaparar los titulares.


Proclamándose completamente recuperado de la dolencia intestinal que en 2006 lo obligó a delegar la presidencia en su hermano, el general Raúl Castro, Fidel Castro ha hecho más de una docena de apariciones públicas desde que lo fotografiaron mientras visitaba el Centro Nacional de Investigaciones Científicas el 7 de julio pasado.


¿Está tratando de socavar la imagen de su hermano Raúl o está tratando de ayudarlo? Hay por lo menos cinco teorías sobre lo que hay detrás del súbito retorno de Fidel Castro a la luz pública:


Teoría N.o 1: Lo hace para mandar un contundente mensaje a los cubanos -incluyendo a su hermano Raúl- de que no hay que desviarse de la ortodoxia comunista en momentos en que los problemas económicos de Cuba están impulsando a muchos en la isla a pensar en reformas económicas de libre mercado.


"Castro está tratando de reafirmar los dos fundamentos esenciales de la revolución cubana: la postura antiestadounidense y el internacionalismo", escribe Jaime Suchlicki, director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-americanos de la Universidad de Miami en un artículo titulado: "¿Qué está buscando Fidel Castro?".


Teoría N.o 2: Fidel Castro está reapareciendo en público para brindarle apoyo a su hermano Raúl, y para enviar un fuerte mensaje al ala intransigente del Partido Comunista cubano en el sentido de que respalda las reformas económicas limitadas propuestas por Raúl.


"Al hacerse tan visible, Fidel Castro está enviándole un mensaje a la línea más dura del Partido Comunista diciéndole: 'Yo estoy lúcido, estoy al frente, y estoy al tanto del mundo, y no quiero que nadie intente nada contra él"', me dijo en una entrevista telefónica el disidente cubano Guillermo Fariñas, quien se recupera en su casa en Santa Clara, Cuba, después de una huelga de hambre de 135 días.


Teoría N.o 3: Está tratando de acaparar los titulares internacionales para eclipsar la noticia de la muerte del preso político cubano Orlando Zapata Tamayo, y de las protestas de los disidentes que le sucedieron, que constituyeron un dolor de cabeza para la diplomacia cubana. Hasta la reaparición de Fidel Castro, las noticias internacionales sobre Cuba se concentraban en la muerte de Zapata Tamayo y las protestas de los disidentes. Hoy, las noticias se centran en Fidel Castro.


Teoría N.o 4: Está tratando de acaparar los titulares para distraer la atención mundial del reciente acuerdo del régimen cubano con la Iglesia Católica para la liberación de 52 presos políticos, y de la subsiguiente liberación -o más bien, de la deportación forzosa- de 21 de ellos.


Además de desviar la atención mundial de los disidentes, Fidel Castro está tratando de desviar la atención dentro de la isla para evitar que los cubanos interpreten las recientes liberaciones de prisioneros políticos como un signo de debilidad del gobierno, algo que podría estimular a los opositores pacíficos a redoblar sus manifestaciones antigubernamentales.


"Como buen político que es, está tratando de opacar la liberación de los 21 presos políticos que están en el extranjero, y de que cuando se hable de Cuba se hable de él, y no de las liberaciones", me dijo Fariñas.


Teoría N.o 5: Es una cuestión de ego. Fidel Castro -el campeón del narcisismo-leninismo- no podía aguantar seguir jugando el papel de editorialista invisible de asuntos internacionales al que ha estado limitado durante los últimos cuatro años. Ahora que siente que su salud ha mejorado, no ha podido evitar volver al ruedo con bombo y platillo.


Mi opinión: Posiblemente haya algo de cierto en las cinco teorías, pero creo que lo más cercano a la realidad es una combinación de las últimas tres.


No es una coincidencia que la primera aparición pública de Fidel Castro haya sido el 7 de julio, el mismo día en que la Iglesia cubana anunciaba el acuerdo con el régimen para la liberación de prisioneros políticos. Y no es casual que la primera aparición de Fidel Castro en la televisión cubana fuera el 12 de julio, apenas horas antes de que el primer grupo de prisioneros liberados llegara a España y empezara a contarle al mundo sobre los horrores de las cárceles cubanas.


Castro está tratando de lograr que los medios de prensa nos concentremos en él, en lugar de en lo que están diciendo las víctimas de su dictadura militar hereditaria. Y lamentablemente todos estamos cayendo en su trampa.

Fidel Castro no podía aguantar seguir jugando el papel de editorialista invisible de asuntos internacionales.

jueves, agosto 12, 2010

La jactancia de las mayorías, por Alberto Medina Méndez.

La jactancia de las mayorías,

por Alberto Medina Méndez.

Hace tiempo que las democracias del mundo vienen transmitiendo una lógica peligrosa. Tal vez el problema no es la democracia en si misma, sino la forma de interpretarla en la que muchos insisten y que parece haberse desarrollado, a tal punto, de universalizarse.


Es que muchos siguen entendiendo que el que reúne más voluntades tiene razón. Y creen que cada elección, cada convocatoria electoral, supone una pulseada en la que quien obtiene mas votos no solo impone su criterio, sino que además se hace merecedor de cierta superioridad intelectual avalada por esos números.


Esta deformación del concepto democrático les ha hecho pensar a demasiados, que algunas cuestiones elementales están en juego en cada compulsa, y esto no debiera estar en discusión. Básicamente porque la democracia solo pretende constituirse en un engranaje, ni siquiera el óptimo siempre, que posibilita la resolución de conflictos a través de un mecanismo relativamente amigable.


No se puede perder de vista que cada votación, cada desafío electoral, es solo un recurso y no el fin en si mismo. Se trata solo de esa mecánica que posibilita que la decisión sea menos violenta sin dejar de serlo, porque en ese contexto siempre estarán los que acuerden y quienes no lo hagan. Por lo tanto un sector, por pequeño que sea, se verá obligado, sin mediar su voluntad, a obedecer las instrucciones impuestas por el resto.


En ese esquema, es siempre importante entender que esa votación, esa elección, es una fotografía instantánea, que solo refleja un momento, ese momento, una decisión circunstancial y una mirada coyuntural que solo se corresponde con ese preciso instante.


Es por eso, que ciertos derechos inalienables, no están sujetos a esa voluntad difusa que proponen ciertas reglas democráticas. La convivencia humana es un arte. Las normas que la rigen mucho más aun, al estar plagadas de subjetividad. Pero resulta imprescindible que ciertos valores no estén en revisión permanente, porque se pone en riesgo a la sociedad toda, haciéndola presa de los impulsos, de la espasmódica reacción que proponen las decisiones sin mesura, sin serenidad, empujadas por la pasión.


Ninguna decisión plagada de odio y rencor, o de amor instintivo, goza de la racionalidad que precisan las determinaciones importantes. Hay que recordarlo y repetirlo, la democracia es solo un medio y no un fin en si mismo. Sus formas suponen un acuerdo, más o menos, amistoso entre las partes, pero no por ello voluntario.


Solo se trata de acordar del mejor modo posible cuando ya no funcionó ningún otro método de dialogo y negociación. A veces, quienes hacen un culto de esta herramienta, caen en la trampa de su exacerbación, sublimación y endiosamiento. Idealizan en exceso el instrumento solo para simular lo políticamente correcto. Solo defienden esta institución democrática, en tanto y en cuanto, les sirve para imponer su voluntad por vías legales, de difícil cuestionamiento popular, bajo el paraguas de una supuesta legitimidad.


Pero habrá que entender que cada sociedad que se somete a una elección, que cada votación de los cuerpos deliberativos que tienen la responsabilidad de legislar, solo recurren a estos instrumentos como el, hasta hoy, mejor recurso disponible y no porque el hacerlo los convierta mágicamente en decisiones acertadas.


Muchas atrocidades ha sufrido el mundo de la mano de las mayorías circunstanciales. Genocidios, interrupciones institucionales, pérdida de libertades y casi todas las atrocidades imaginables, han provenido de mayorías, más o menos, explicitadas. Se han apropiado discrecionalmente, de la vida, la libertad y la propiedad de muchos, sin medias tintas, aduciendo siempre razones superiores que lo justificaban con creces.


Habrá que cuidarse de aquellos que hacen de la democracia un ABSOLUTO. Son solo déspotas oportunistas que no creen en las bondades de la humanidad, y mucho menos en la libertad de los individuos. Utilizan la democracia como el dispositivo que les permite sojuzgar a muchos, humillarlos hasta volverlos indignos y aplastarlos como enemigos.


Muchos de los acólitos y de los entornos fanatizados de esos líderes, proponen democratizar más a la sociedad, no porque crean en ella, sino porque la herramienta les viene como anillo al dedo, para seguir avanzando con prepotencia, bajo el cálido refugio de los números favorables, de las voluntades acumuladas.


En los próximos comicios electorales, no nos sigamos engañando. Solo definiremos quienes conducirán la administración del Estado, pero para nada vamos a dirimir quien tiene razón o no, quien acierta en sus decisiones o yerra el camino. Solo es un mecanismo, el mejor que ha encontrado hasta ahora la humanidad, para resolver sus conflictos, en un mundo que privilegia la armonía. No se trata de la panacea absoluta. Muchas veces se ha utilizado el sistema para subyugar a los que piensan diferente.


Habrá que seguir reflexionando sobre esta democracia, que bien entendida, debe velar, justamente por las minorías. Ayn Rand decía que la menor minoría es el individuo y que aquellos que niegan los derechos individuales no pueden llamarse defensores de las minorías. Los derechos individuales no están sujetos al voto público. Una mayoría no tiene derecho a votar la derogación de derechos de una minoría. La función política de los derechos es precisamente la de proteger a la minoría de la opresión de la mayoría.


Las libertades, el derecho a la vida y a la propiedad, parecen ser el blanco elegido de las democracias modernas para imponer las voluntades de algunos por sobre la de otros. En ese caso estamos en manos de los caprichos despóticos de una sociedad que supone equivocadamente que los más pueden obligar a los menos.


La garantía para evitar que esa lógica cuántica, no nos conduzca hacia las tiranías, prolongando liderazgos hasta el infinito, linchamientos ante hechos abominables que hagan del ojo por ojo la regla de la convivencia, o del despojo sistemático de los bienes una mecánica de rutina amparada en las necesidades ajenas, es justamente una democracia bien entendida, bien comprendida, con límites y contrapesos.


El antojo de las mayorías es solo un juego, muy peligroso, por el que se han cometido las más despreciables aberraciones de la historia humana. Ampararse en las mayorías y caer en la petulancia de explicitar reiterados gestos de soberbia, nos llevará por un camino que ya conocemos y del que no hemos obtenido las mejores experiencias.


Las sociedades, sobre todo las ocasionales mayorías, deben tener en claro el limite de su poder. Una inmensa cantidad de voluntades no otorga la razón. La jactancia de esas mayorías que pretenden arrogarse el monopolio de la verdad, constituye la amenaza más potente de las democracias contemporáneas.



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