viernes, octubre 19, 2007

El Violentismo es más que Vandalismo, por Antonio Cortés Terzi

El Violentismo es más que Vandalismo
por Antonio Cortés Terzi

El tema de la violencia en Chile se ha mantenido durante un relativo largo tiempo en la agenda comunicacional y en los debates públicos. Situación un tanto extraña para una sociedad aficionada al zapping político y político-comunicacional. Tal vez su sola e inusual permanencia en los mass media y en las discusiones públicas sea un potente indicador de la seriedad del problema.

La importancia política y mediática que se le ha asignado al tema ha producido un amplio marco de análisis, opiniones, polémicas, propuestas, etc., que, por cierto, configuran una buena señal. Pero, como es natural en cuadros discursivos de esa magnitud, la proliferación de diagnósticos y de tratamientos tienden a generar dispersión en el abordaje de las cuestiones esenciales que atañen al fenómeno, sesgos en la búsqueda de explicaciones y controversias con dosis de maniqueísmo, particularmente estimuladas por las competencias entre agrupamientos y actores políticos.

Aportar a esas discusiones es la pretensión obvia de este Informe. Por supuesto que es un aporte acotado. Pero, además, ordenado a partir de algunas miradas e hipótesis analíticas que se resumen enseguida:

- El “objeto de estudio” es la violencia en tanto fenómeno social, entendiendo por tal no sólo un fenómeno con efectos y causas sociales, sino, sobre todo, imbricado a otros fenómenos y procesos sociales que aquejan a la sociedad chilena.

- Si bien los hechos y “agentes” violentistas pueden y deben distinguirse y separarse, también deben observarse los vínculos objetivados que se crean entre ellos y que los llevan a coincidir en el fenómeno que interesa: violencia social.

- Se concibe aquí la violencia social –tal cual hoy se manifiesta habitual y preponderantemente- como un fenómeno propio o fuertemente condicionado por factores estructurales y socio-culturales intrínsecos a la modernidad. Es decir, según aquí se piensa, aun las expresiones de violencia social de apariencia más “pre-modernas” o tradicionales, están orgánicamente ligadas a cambios y/o situaciones que se corresponden a las dinámicas modernizadoras seguidas por el país.

En virtud de estas miradas e hipótesis es que este Informe se concentra en un intento por definir e identificar rasgos característicos de lo que podría denominarse “violencia social moderna”.

Violencia social tradicional

Antes de entrar en ese punto cabe dar cuenta, aunque sea de manera somera, de lo que puede entenderse como “violencia social tradicional”, es decir, del tipo de violencia social que, en muchos momentos de la vida nacional, han acompañado movimientos y conflictos sociales y que hoy, sin haberse extinguido, tiende a ser suplida o subsumida por la violencia social moderna.

Las prácticas de esa forma de violencia social son de larga data, por lo mismo, no es difícil encontrar rasgos esenciales que la tipifican y que la diferencian de las formas modernas. A continuación se puntualizan algunos de los rasgos más significativos e identificatorios de violencia social tradicional.

1. Un primer rasgo -y probablemente el más decidor- se encuentra en el hecho de que la violencia social tradicional tiene, en la gran mayoría de las veces, adscripciones y articulaciones claras a proyectos y a estrategias y a organizaciones reivindicativas y/o políticas. Por supuesto que, dependiendo de variables, como motivación, masividad, sectorización, frecuencia, intensidad, etc., de las manifestaciones de violencia social, cambian los grados de tales adscripciones y articulaciones. Pero siempre –salvo muy excepcionalmente- existen nexos orgánicos entre esas manifestaciones y algún contenido político estable e identificable (cultura política y fuerza política).

2. La violencia social tradicional se caracteriza por manifestaciones que en sí y en lo genérico tienen un “programa” que cumplir. Es decir, si bien obedece o puede obedecer a objetivos políticos gruesos, más o menos permanentes y diseñados por estrategias estrictamente políticas, también responden a propósitos parciales y temporales que emanan tanto del cálculo político (o táctica) que encierra una estrategia política como de las convocatorias que la originan, convocatorias que siempre o casi siempre son de un preciso carácter reivindicativo. Ambos propósitos coinciden en el acotamiento en cuanto a tiempos, intensidad y fines de las prácticas de violencia social.

3. El componente político (y político-corporativo) que está en el trasfondo de la violencia social tradicional opera en un doble sentido: en primer lugar, como un factor de “racionalización” de sus manifestaciones (dentro por cierto del contexto de imponderables que imponen situaciones de esa naturaleza), esto es, tiende a instalarlas en lógicas de costos/beneficios políticos. Y, en segundo lugar, opera también como un factor que le otorga cierta previsibilidad a la ocurrencia, magnitud, alcances, etc., de esas manifestaciones.

4. La imbricación orgánica entre violencia social tradicional y las lógicas políticas y reivindicativas, implica que sus prácticas tienen, por norma general, liderazgos individuales y grupales que provienen de los mundos políticos y gremiales y que, por lo mismo, ejercen sus funciones liderales con los códigos que predominan en esos universos. Sin duda que ese tipo de ejercicio lideral es determinante para los efectos de prácticas de violencia social relativamente “racionales” y “disciplinadas” en cuanto a formas y fines.

5. Dado lo anterior, puede considerarse el uso de la violencia social tradicional como un recurso inmerso en una concepción negociadora de la política y de la lucha social, por ende, proclive a su autocontrol y a la consecución de posiciones que colaboren a la negociación.

6. Desde el punto de vista de la composición social, tradicionalmente la violencia social ha sido practicada, preferentemente, por grupos identificables en categorías y, normalmente, organizados en asociaciones gremiales: trabajadores, estudiantes, pequeños productores o comerciantes, pobladores, etc. Y las motivaciones tras tales prácticas de violencia social provienen, fundamentalmente, de situaciones y demandas propias de la categoría social que se trate. Ambas cosas influyen de gran manera en determinadas formas de expresión más o menos estables de violencia social. En términos gruesos, son expresiones socialmente focalizadas, de baja intensidad de violencia, con escasas repercusiones en el “orden público” general, etc.

7. Por último, hay otros tres rasgos de la violencia social tradicional importantes de destacar para el sentido de este análisis:

- aun cuando el uso de ciertos grados de violencia sea una decisión calculada, el escalamiento de esos grados –las veces que así sucede- normalmente no resultan de una voluntad premeditada, sino del desarrollo espontáneo de las circunstancias;

- salvo muy excepcionalmente, los protagonistas de un episodio de violencia social -según las características aquí descritas- no buscan ni su expansión social ni su intensificación; y

- incluso cuando el uso de la violencia resulta de decisiones preestablecidas, lo normal es que esas decisiones no estén acompañadas ni de criterios ni de medidas de corte paramilitar.

Violencia social moderna

La ”violencia social moderna” tiene un primer rasgo distintivo, a saber, que sus prácticas son o pueden ser compartidas por motivaciones, grupos y protagonistas muy dispares, sin nexos estables entre sí, sin coincidencias en fines inmediatos y, sin embargo, unidos, aunque sea laxamente, por una discursividad genéricamente anti-estatus y anti-política, y por un mismo o similar sentido de la violencia y su uso.

Un segundo aspecto que se destaca jerárquicamente es el distanciamiento de esas visiones sobre la violencia y sus manifestaciones respecto de las lógicas estrictamente políticas y reivindicativas. Por cierto que existen ligazones entre las prácticas de esa violencia y algunas movilizaciones por demandas políticas y corporativas, pero el criterio que opera en esas prácticas no es el de la negociación o el de la ocupación de posiciones de poder. El “programa”, a veces explicitado, otras veces subyacente en el empleo de tal tipo de violencia es la violencia social en sí, puesto que a través de ella se concretiza el radicalismo anti-estatus.

La radicalidad anti-estatus y el valor “programático” que se le asigna a la violencia en sí conlleva a:

i) una voluntad predispuesta –al menos en el plano de las ideas- a escalar en el uso de la violencia hasta los más altos niveles posibles con independencia del contexto específico en que se da el cuadro violento;

ii) concebir el ámbito o el objeto susceptible de recibir violencia social de manera casi ilimitada, dado que el estatus se encontraría representado y reflejado en un arco que va desde las macroinstituciones hasta las instancias u objetos más menudos que componen la existencia social establecida.

Por otra parte, la violencia social moderna se encuentra escasamente articulada a estructuras sociales y a nomenclaturas orgánicas sólidas y permanentes. Y en sí misma no está amparada por organizaciones y redes de envergadura. Habitualmente se la encuentra anclada en sectores marginales, preferentemente juveniles, y en menor medida, en sectores estudiantiles. A su vez ideológica y orgánicamente, se la encuentra representada (o liderada) en grupos disímiles: de adscripción “anarquista”, “tribus urbanas”, ultraizquierda, “barras bravas”, etc.

Ahora bien, es cierto que esos son, por excelencia y en general, sus espacios sociales y cuerpos organizados. Sin embargo, habría que prestar atención a características que peculiarizan ambos momentos:

a) La marginalidad que subyace en estos fenómenos posee elementos que tienden a diferenciarlas de la marginalidad tradicional. Dicho de manera breve y casi esquemática: la marginalidad tradicional está caracterizada, antes que todo, por profundas carencias económicas o materiales y socio-culturales y, luego, por niveles extremos de exclusión de lo sistémico y virtualmente de todas las partes que comprende lo sistémico. La marginalidad que está en las fuentes de la violencia social moderna sin duda que guarda relación con ese tipo tradicional de marginalidad, pero encierra también rasgos que la diferencian. En primer lugar, no necesariamente es una marginalidad que implique carencias extremas, sino una marginalidad que –pese a esa condición- tiene ciertos grados de accesos al “mercado moderno”, particularmente en la esfera del consumo. Y en segundo lugar, en muchos casos, es una marginalidad con niveles de inserción en lo sistémico, especialmente a través del sistema educativo.

Podría decirse, en suma, que en la “violencia social moderna” hay un sustrato de marginalidad que- sin dejar de serla- se da dentro de estructuras sistémicas, como por ejemplo el mercado moderno y el aparato educacional.

Estos cambios en los tipos de marginalidad son de suma importancia para los efectos de lo aquí analizado, porque, en gran medida, son determinantes en la configuración de nuevas formas de violencia social.

b) Comparativamente, también son bastante peculiares las discursividades y formas orgánicas que se dan los grupos proclives a practicar violencia social moderna. Ya se señaló que, en el campo de la discursividad, las ideas-fuerzas centrales son las del anti-estatus y anti-política y las de vindicación de la violencia en la que se imbrica un concepto de ella como medio y fin. Pero de ahí en más, es difícil descubrir otras ideas-fuerzas que pudieran converger en algo así como una ideología común. Claro está que esas carencias discursivas tienen un primer origen en el confeso desinterés “político-programático” que se halla en buena parte de esos grupos. Una segunda explicación pudiera encontrarse en las siguientes hipótesis.

En primer lugar, la violencia social moderna y los grupos que la postulan y ejercen responden a fenómenos nuevos, muchos de los cuales están inmersos en procesos propios de la modernidad y de la globalización y cuyos efectos culturales y valórico-conductuales se encuentran en pleno desarrollo y, por ende, sin decantamientos suficientes como para configurar matrices ideológicas y discursivas sistematizadas y centrípetas.

Y, en segundo lugar, el surgimiento de estos grupos es -las más de las veces-, espontáneo y sin interlocuciones entre sí. De ahí que cada uno de ellos encuentre sus referencias ideológicas iniciales en los contextos ideológicos que predominan en las realidades particulares en que nacen y que resultan idóneos para una discursividad anti-estatus y pro-violencia. En tal sentido, en cuanto a influencias ideológicas y simbólicas la gama de posibilidades es extensa: anarquismo, izquierdismo en lenguaje marxista, discursos antiglobalización, ecologismo radical, indigenismo, etc.

A todo esto habría que agregar, por otra parte, que la edificación ideológica “autónoma” de estos grupos también recibe el peso de elementos culturales promovidos por “atmósferas ideológicas” intrínsecas a lo culturalmente moderno y que reflejan el binomio reconstrucción/deconstrucción cultural.

Así, por ejemplo, gravita en los pensamientos de estos grupos el desprestigio y el criticismo hacia la política, la desconfianza hacia las estructuras de poder o autoridad, la reticencia a los mandos o poderes verticales, el escepticismo frente a ideologías omnicomprensivas, etc. Y, tal vez, uno de los elementos de esta naturaleza que resulta más curioso, por la influencia que tiene en esos grupos, es el retraimiento social. Aunque parezca contradictorio muchos de estos grupos reproducen, de facto, el retraimiento social al que tienden los individuos en sociedades modernas. En efecto, muchos de ellos se comportan como grupos socialmente retraídos, encerrados en sí mismos, sin gran interés en articularse socialmente y con miradas y nexos más bien “externos” respecto de lo social.

Obviamente que estos patrones ideológicos reseñados repercuten en las formas y mecánicas de sus organizaciones, las que revisten –siempre comparativamente- características sui generis, variando, por cierto, en virtud de los respectivos particularismos ideológicos.

En lo grueso, los aspectos más resaltables en cuanto a originalidades organizativas se pueden puntualizar como sigue.

Primero, las relaciones entre sus integrantes están predominantemente basadas en lazos personales o, dicho a la inversa, no se sostienen –como suele ocurrir en las organizaciones “tradicionales”- fundamentalmente en relaciones regidas por lógicas institucionales y formales, sino más bien por lógicas que se corresponden mejor con el sentido de “comunidad”.

Segundo, vistos los grupos estrictamente como estructura orgánica, su formalidad como tal y su funcionamiento es relativamente feble y poco estable. Cuestión que, entre otras cosas, tiene que ver con su simplicidad “programática”.

Tercero, el rodaje orgánico tiende a contener conductas de secta y de clandestinaje o semiclandestinaje. Sin duda que esas conductas están motivadas por la definición anti-estatus y por el sentido otorgado al ejercicio de la violencia. Pero responden también a la autopercepción de “comunidad” excluida y al retraimiento social que se mencionó más arriba.

Cuarto, la renuencia al poder vertical se manifiesta en intentos por generar ordenamientos orgánicos en virtud de vínculos horizontales y desjerarquizados y por erigir y aceptar liderazgos a través de fórmulas “naturales”, que se avengan mejor a los rasgos de comunidad que de institución.

Comentario final

La violencia social moderna es un fenómeno sustantiva y multifacéticamente nuevo. Los grados de novedades que entraña son un óbice para su reconocimiento analítico y para el reconocimiento de su condición social de parte de la política. La visión que hasta ahora predomina en los círculos políticos –e incluso en algunos círculos intelectuales – tiende a la negación del “carácter social” que revisten las prácticas y grupos “violentistas”. La condición de violencia social continúa asignándosele sólo o preferentemente a las expresiones de violencia social tradicional.

Pero, precisamente, mientras se empleen los parámetros que fija esta última para los fines de identificar qué es violencia social, el fenómeno moderno de la violencia no será bien asimilado.

La clave para una mejor aproximación al objeto de estudio se halla en dirigir la atención hacia su inserción en las dinámicas y cambios modernos. Efectivamente, no cabe dentro de las categoría de violencia tradicional, simplemente porque lo que refleja socio-cultural y conductualmente responde, principalmente, a procesos y dinámicas de la modernidad.

Son esos procesos y dinámicas los que influyen en la emergencia de motivaciones, actores y prácticas que transforman las mecánicas y contenidos que reviste la violencia de raigambre social.

Antonio Cortés Terzi: sociólogo y Director del Centro de Estudios Avance.

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